Reseña:“Contra el Fanatismo”: Ensayos de Una Colombia Posible o el Reformismo Trágico de Alejandro Gaviria

Alejandro Gaviria tiene por lo menos tres facetas. Ha sido un gran servidor público (en particular un ejemplar ministro de salud) es un académico en el sentido estricto (tiene publicaciones sometidas al rigor de la academia y fue rector de la Universidad de Los Andes) y es uno de los intelectuales públicos más prolíficos en la historia reciente de Colombia. En la contraportada de este último libro que publicó en febrero de 2026 hay un parrafito con el que uno no puede disentir. Dice, sobre Gaviria, que “(...) ha habitado durante los últimos años el mundo de las ideas y el de la política. Ha logrado tender puentes entre ambos con el fin de contribuir a un mejor funcionamiento de la democracia y del Estado colombiano”.

Este último libro responde más a su faceta de intelectual público en un sentido amplio. Viene a la cabeza la definición que Bernard-Henry Lévy propuso para ese calificativo en una entrevista que dio en el 2006 para promocionar un libro en el que pretende seguir los pasos de Tocqueville (otro nombre muy frecuente en los textos de Gaviria) en América. Cuando le preguntaron sobre el periodista Christopher Hitchens, Lévy lo presentó como un intelectual de excepción que se atrevía a desafiar la regla no escrita de los círculos de opinión de los Estados Unidos que consiste en reducir las ideas y debates a las ecuaciones binarias de “izquierda” contra “derecha” o “América contra el resto del mundo”.  Propuso entonces que “un intelectual es alguien que puede contar más allá del dos. Y a veces más allá del tres”. 

Casi a propósito, dice Gaviria en una entrevista reciente que sospecha de la palabra “centro” para referirse a una posición política. Que prefiere el calificativo liberal, por lo menos para describirse a sí mismo. Pero este último libro parece un esfuerzo deliberado para decir, en más o menos 14 artículos, que es urgente que los/las que participan en el debate político colombiano aprendan a contar mucho más allá del dos.  A eso parece referirse el título: A la disposición de ir en contra del fanatismo entendido como las manifestaciones cuasi febriles de los dos polos que casi siempre se apoderan del debate político.  Visto así, aunque la noción de “centro” cause resquemor, el libro es lo más parecido a una apología “del centro” que se ha escrito recientemente en Colombia.

La introducción sugiere que cada parte del libro contiene cuatro artículos “conectados por un elemento común, por un mismo énfasis ideológico o metodológico que justifica el agrupamiento”.  Y aquí empieza la primera crítica: A pesar de este esfuerzo de agrupamiento que promete Gaviria (aunque advierte que la secuencia de los artículos es una decisión a posteriori y no un diseño deliberado) el libro se lee como una autocomplilación más bien disconexa. Esto no es problemático per se: Los intelectuales públicos prestigiosos, tan prestos a escribir opiniones en todas partes sobre lo divino y lo terreno, tienden (como las estrellas de rock) a reciclar su trabajo en compilaciones de greatest hits.  Lo hizo el propio Christopher Hitchens (muy presente en las ideas de Gaviria) con Love, Poverty and War y con Arguably, que fueron recopilaciones de sus textos cortos originalmente escritos para publicaciones prestigiosas.  El problema con este libro de Gaviria es que no solo se trata de una compilación más o menos aleatoria sino que, como su “Uribenomics y otras paradojas” (que reseñé hace algún tiempo) es una compilación fragmentaria de textos que promete ser algo más que eso y no cumple su promesa.  En Uribenomics, por ejemplo, el título lo dice todo. Un lector incauto se aproximaría al libro con la expectativa de encontrar un análisis más o menos detallado de la política económica del gobierno Uribe. El libro, sin embargo, le dedica un pequeño capítulo a las uribenomics y pasa muy rápido, sin excusas, a otros temas (algunos no tienen mucho que ver con ninguna paradoja en un sentido estricto).  El resultado es 8% uribenomics y 92% de columnas de opinión deshilvanadas. 

En “Contra el Fanatismo”, la promesa también es clara: El subtítulo sugiere que el libro tiene la intención de ser una compilación de ensayos sobre “una Colombia posible”.  Y sí que hay un tema central, una especie de idea que se articula en todas sus partes: Una idea sobre “las posibilidades y dificultades” del cambio social. Pero esta no es realmente una idea que se circunscribe a la visión de una “Colombia posible”, sino que cabría también como un comentario general sobre la política de nuestros tiempos. Podría leerse como una suerte de manifiesto de la escuela de escepticismo reformista que propone Gaviria, como una cierta autojustificación, pero describir el libro como una compilación de ensayos sobre una Colombia posible sería una exageración más bien generosa.

Vamos por partes.  El primer ensayo: “Contra la fracasomanía: Progreso social de Colombia en el siglo XXI” es muy cercano al tipo de literatura que Steven Pinker hizo popular en 2011 con su “The better angels of our nature”. Se trata de una visión optimista del progreso social que ofrece cifras para sugerir que ha habido progreso en Colombia por lo menos en dos dimensiones: Ha caído la pobreza extrema y han caído los homicidios. Y es importante que se digan estas cosas con cifras en la mano, que se sepa que Colombia no es el estado fallido que quieren vender algunas agendas políticas de los extremos. Pero aparte de usar en su título la desafortunada traducción que hizo Hirschman de su más elegante “failure complex”, me temo que este ensayo leído en su conjunto no es tan esperanzador como promete.  Dice Gaviria en tono optimista que “por encima de todo”, Colombia pudo recuperarse de la crisis de finales del siglo XX, casi que invitando una de las grandes críticas que se le hacen a la obra de Pinker: Que compara una historia reciente llena de avances con extensos momentos históricos en los que caben muchos episodios oscuros del pasado, como construyendo un hombre de paja en contraste con el cual casi todo parece progreso.  Pues bien, no creo que pueda endilgársele esa falacia a este primer ensayo de Gaviria (y esta no es una reseña de la obra de Pinker)  pero creo que basta con decir que se trata de un intento más bien parco de presentar el progreso en Colombia. Sí: Hemos dejado atrás el rótulo de estado fallido, hay un progreso mensurable, pero no hay evidencia en este ensayo de avances tan contundentes que justifiquen el uso del calificativo “fracasomano” para los que todavía están del lado del pesimismo.  Bastan un par de párrafos de las conclusiones del propio Gaviria para que quede más o menos claro: 

“No todo ha sido positivo, por supuesto. A diferencia de otros países de la región, la desigualdad del ingreso no ha disminuido. Además, las regiones más pobres han crecido en promedio más lentamente. Por último, en la última década, desde 2015, hay un estancamiento de o debilitamiento del progreso social: la pobreza extrema ha disminuido sólo marginalmente, la tasa de homicidios dejó de caer, la desigualdad volvió a crecer después de una década de descenso y el crecimiento económico ha estado por debajo de los promedios históricos”.  

Más que una denuncia renovada del “complejo del fracaso” que encontró Hirschman en la latinoamérica de los sesentas, este primer ensayo (leído junto al tercero, que concluye que Colombia sufre de una baja movilidad social en términos relativos) sería más convincente si insistiera en que el progreso es posible, pero también en que hay muchísimo trabajo por hacer.

El cuarto ensayo tiene un título que suena menos odioso y más prometedor si se tiene en cuenta que es una reflexión sobre el sistema de salud escrita por el ex-ministro de salud más célebre y celebrado del que se tenga memoria. Es un buen ensayo. Empieza enumerando cuatro grandes tensiones que han “definido la evolución” del sistema que, consideradas en conjunto, permiten entender sus peculiaridades y sus retos. Dos cosas parecen haberse quedado en el tintero, sin embargo: La primera es una crítica más detallada de las políticas de salud del gobierno Petro, de las cuales Gaviria fue testigo de excepción.  El ensayo ofrece un atisbo de esta perspectiva crítica, pero no ofrece una respuesta suficientemente contundente a las aprehensiones recurrentes de la izquierda. En particular, no hay respuesta a la crítica que ha tomado más fuerza en los últimos años: Que se trata de un sistema en el que las EPS tienen el incentivo de hacerse insostenibles porque al final siempre está la chequera del estado para hacerse cargo de sus insolvencias. La segunda cosa en el tintero es que, aunque Gaviria nos diga al final del ensayo que su intención no es hacer prescripciones detalladas sino llamar la atención sobre la complejidad de los problemas que aquejan al sistema, y aunque sería una exigencia desmedida pedirle que resuelva los problemas del sistema de salud en 15 páginas, el ensayo no propone mucho más que una enumeración de las tensiones y retos del sistema. No hay un diagnóstico claro de los problemas a resolver.  Y aunque Gaviria es muy convincente cuando explica la complejidad del asunto y cuando sugiere que las soluciones mágicas no existen para este tipo de problemas, no creo que sea mucho pedir que este ensayo (escrito por el servidor público que más se ha ocupado de nuestro sistema de salud)  enuncie  por lo menos los grandes rasgos de las políticas públicas que podrían informar las reformas necesarias.  

Acto seguido, dos decálogos escritos en viñetas. No sé si podrían haberse escrito de otra forma, pero van seguidos de una sección titulada “frases sueltas”, compiladas por un amigo, compuesta de más viñetas. Las tres secciones suman 18 páginas que parecen más bien innecesarias. Bastaba con un solo decálogo, y las frases sueltas se leen como una especie de exceso autoindulgente muy raro en la producción intelectual del autor.

Lo siguiente es un ensayo sobre la filosofía política de Estanislao Zuleta. Y aquí parece que el autor empieza a transgredir la fina línea de la pertinencia, pero se trata de un ensayo interesante que, si forzamos un poco la imaginación, parece encontrar una hoja de ruta para la democracia Colombiana entre las ideas de uno de nuestros grandes pensadores. Pongámoslo entonces en la lista de los acápites del libro que cumplen con la promesa de ofrecer una visión de otra Colombia posible. Podría leerse también como una pequeña oda al liberalismo y sus “grandes exponentes”, entre los que Gaviria incluye a otro de esos nombres que son muy frecuentes en su producción escrita: El de Alexis de Tocqueville.  Este último es ampliamente considerado un pensador liiberal, pero la literatura reciente pone en cierta duda la idea de que se trata de uno de los principales exponentes del liberalismo. En su libro “The Reactionary Mind”, revisitado en 2017 para convertirse en uno de los libros de teoría política más influyentes de la última década, Corey Robin nos recuerda que este Tocqueville en su calidad de diputado y ministro de asuntos exteriores votó en 1848 por la suspensión total de las libertades civiles, apoyó la represión violenta de las insurrecciones obreras para restaurar el orden, justificó el colonialismo francés en Argelia (argumentando que las normas del liberalismo europeo no aplicaban en el contexto colonial) y en general parecía atormentado por una cierta nostalgia aristocrática. En su libro, que pronto reseñaré, Robin propone que una táctica muy frecuente entre los reaccionarios es apoderarse de los métodos y los mensajes de las fuerzas del progreso, incluyendo el rechazo al régimen saliente, para avanzar nuevas ideas reaccionarias.  Desde esa óptica presenta al mismo Tocqueville que Gaviria y Oakeshott cuentan entre los héroes del liberalismo como un reaccionario en la práctica. Y claro: Esta es una idea controversial. Tal vez es más seguro pensar en Tocqueville como una suerte de aristócrata que adoptó el liberalismo por pragmatismo. No como un liberal-demócrata en el sentido que intuye Gaviria en la obra de Zuleta ni como el pragmático reaccionario que parece sugerirnos Robin, sino como un aristócrata que se resignó a ser liberal.    No quiero sugerir simbologías sin fundamento, pero me parece divertido que este sea uno de los nombres recurrentes en los textos de Alejandro Gaviria, que es sin duda uno de los (¿autodenominados?) liberales más simpáticos en la historia colombiana reciente. Recuerdo sus inspiradores discursos de grado desde el púlpito de la rectoría de los Andes para decirnos (como en el discurso que incluye en este libro después de revisar a Zuleta) a propósito de Erasmo de Rotterdam, que en este momento en el que los “valores del humanismo están en cuestión y la hostilidad hacia ellos aumenta”, “(...) debemos dejar de lado cierto pudor, incomodarnos, entrar en la refriega”.  Pregunto entonces, como supongo preguntaría Robin, qué tan Tocquevilliano es escribir todo esto para después engrosar las filas de los intelectuales públicos que se quedaron callados mientras Abelardo de La Espriella, el más vulgar de los populistas que Colombia haya conocido desde hace mucho tiempo, punteaba en las encuestas y causaba la deportación de activistas en su camino a tomarse la presidencia. Esta vez el que se fue a ver ballenas fue nuestro estimado Gaviria. Que no se nos escape ese detalle. 

Finalizada la anotación sobre el pensamiento de Estanislao Zuleta y salvo el acápite final sobre la guerra a las drogas, el contenido del libro empieza a parecer cada vez más una recopilación de textos y reflexiones deshilvanadas que una verdadera compilación de ensayos “de una Colombia posible”.  Hay reflexiones personales sobre el ateísmo y el escepticismo como posible cura para el fanatismo, un análisis ligero de la evolución de la influencia del pensamiento marxista a través de la observación del uso de la palabra “Marx”  a través del tiempo vía Ngram de Google, una exploración de las primeras influencias de Darwin en Colombia (la anécdota de la figura 12 de Isaacs es realmente iluminadora sobre la Colombia de la época) y una especie de lúcida advertencia sobre la noción de “meritocracia” como potencial forma de exclusión. Todos son textos interesantes y podrían constituir buenos ejemplos de culturomics, pero el texto sobre el Marxismo es decepcionante porque se apoya en demasía en un análisis reduccionista del uso de palabras en el tiempo para juzgar la influencia de Marx, y porque parece caer en la tentación de repetir el lugar común de la ultra-derecha que consiste en sugerir que las personas preocupadas por temas de sostenibilidad y medioambiente son antiguos marxistas que buscan reencauchar su desdén por el capitalismo disfrazándolo de ambientalismo.  No creo que sea esto lo que propone Gaviria, pero este guiño al cinismo de ultraderecha que acusa a todos los preocupados por el medioambiente de “ecosocialistas” es por lo menos una ingenuidad que no se compadece con el tono de antifanatismo, gradualismo y escepticismo que se repite en todas las páginas del libro.  

En fin. Visto en su conjunto, este último libro de Alejandro Gaviria es una buena lectura. Es divertido, sirve para poner a Colombia en contexto y tiene muchas referencias interesantes y eruditas. Aunque ligero, es muy bienvenido como culturomics a la colombiana y es reiterativamente convincente sobre los límites del estado y de la política, y sobre el peligro de pensar en el cambio social como una sucesión de soluciones radicales que resuelven problemas intratables como por arte de magia. Es muy pertinente entonces como una invitación al reformismo gradual y pausado, a la incrementalidad.  Y repite ese mensaje casi ad infinitum. Pero no sorprendería que un lector -del centro-  cayera en una cierta desesperanza después de leerlo. El libro no propone visiones muy claras de “una Colombia posible” sino que deja la sensación de ser el esbozo de una suerte de reformismo trágico. Uno que sabe muy bien que las reformas deben ser graduales y tienen límite, pero que no da muchas pistas sobre las que cree más urgentes, ni se compromete con ninguna.  Un reformismo que, como este libro, y como “uribenomics y otras paradojas”, no le hace justicia a sus subtítulos. 

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