domingo, marzo 01, 2020

El efecto Mario Hernández

Travel


Está última navidad compré un bolso en la nueva boutique de Mario Hernández en el Andino. Me contaba el personal de la tienda que se trata de una suerte de flagship store en la que se ofrecen ediciones limitadas o artículos que solo se lanzarán en colecciones futuras. El bolso es un regalo maravilloso para una novia extranjera: El diseño tiene referencias a la cultura colombiana sin caer en el provincialismo de feria artesanal, el cuero es de una calidad inconfundible y la ejecución es prácticamente perfecta, con una atención al detalle que no se encuentra en ninguna otra marca Colombiana. No me encanta el nombre de la colección: “Missache”, pero no hay duda que se trata de una colección de marroquinería que no tiene mucho que envidiarle a las que se atisban en las vitrinas de las grandes casas de moda.


Algunos días después de haber comprado el -missache-, todavía lleno de orgullo patrio, leí con sorpresa un trino (ya borrado) de Mario Hernández con ocasión de la muerte del general Iraní Qasem Soleimani en el que el empresario decía, básicamente, que mientras en otras latitudes a los terroristas se les llama por su nombre, en Colombia nos hemos acostumbrado a llamarlos líderes sociales.


(Esta es una captura del trino oportunamente eliminado por Hernández)


Las voces de indignación en las redes sociales no se hicieron esperar. En Twitter (que es una suerte de universo paralelo en el que los Colombianos somos más progresistas que los suecos) llamaron a boicotear los productos de la marca y lo colmaron de insultos e improperios de todo tipo. Hernández borró el trino en cuestión, publicó un críptico video (en camiseta) que contenía todos los puntos de conversación que aconsejaría un buen relacionista público y reiteró en varias ocasiones, como escondiendo la mano después de tirar la piedra, que “yo reenvié un tweet, no es que yo piense así”.



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Podríamos usar esta anécdota para especular sobre el carácter del señor Hernández, pero ahora que la indignación se ha disipado un poco, propongo que pensemos en en ese trino como el gesto delator de una visión del mundo que es extremadamente frecuente entre las personas que han alcanzado un cierto éxito (especialmente un cierto éxito financiero) bajo los estándares Colombianos. Empezaría, a manera de ensayo, sugiriendo tres ideas que son típicas entre las personas que padecen esa aflicción:


  1. El mundo se divide entre quienes producen y los otros: Esta idea es muy simple y es extrañamente común incluso en personas que no pueden jactarse de nada. La hemos escuchado en variaciones: “los otros” puede referirse a la gente que se queja en vez de trabajar o la gente “que lo quiere todo regalado”. Es esta la idea que explica el desdén de algunos "exitosos" y "exitosas" contra cualquiera que se atreva a hacer expresiones públicas de inconformidad. 
  2. Quienes generan empleo merecen un agradecimiento reverencial: Esta idea parece partir de la extraña creencia de que las empresas establecen relaciones laborales por altruismo. Es una noción particularmente perniciosa porque sugiere que las relaciones entre empleados y empleadores están mediadas por la caridad. Es una cierta forma de sugerir que los empresarios contratan gente con el fin de “construir país”. 
  3. El fin último del estado es hacerle la vida más fácil a quienes “generan riqueza”: Esta ocurrencia usualmente viene acompañada de la noción de que cada vez que el estado se desvía de este fin último, está cediendo a una corriente comunista o a una tendencia “de izquierda”.


Basta con escuchar atentamente los últimos comentarios públicos de Mario Hernández para darse cuenta de que esas tres ideas acechan desde las entrelíneas de su discurso. Pero ya hemos escuchado esas ideas ad nauseam. Se me antoja que la historia de vida de Mario Hernández nos puede dar luces sobre algo más interesante: Sobre las razones que llevan a una persona a adoptar esa visión del mundo.

Entonces volvamos a Don Mario. En el libro homónimo que acompaña al -missache- que le compré a mi novia, hay una suerte de pista fundacional: La historia de vida de Mario Hernández está marcada por la tragedia y las vicisitudes. Nadie le regaló nada a Don Mario, o por lo menos eso se esfuerza en contarnos: Su padre falleció cuando tenía apenas 10 años dejando a su familia sin sustento económico, la violencia los desplazó hasta Bogotá donde tuvo que trabajar como mensajero. El lanzamiento de su primera tienda en Nueva York fue un estruendoso fracaso. Basta con buscar su nombre en Google para ser bombardeado con los detalles de esta grandiosa historia de superación y movilidad social. Y es una historia muy simpática, pero creo que no es una coincidencia que se nos repita hasta el cansancio. 

Propongo pues que esa es la clave: Cierta gente muy exitosa en Colombia tiende a creer, desde la relativa cúspide financiera de un país de renta media, que su historia de éxito post-tribulación es una clara indicación de que hay un extraño defecto entre los que se quejan, entre los que no producen, entre los que no lo logran, en los otros. Si ellos o ellas pudieron, a pesar de todo, cualquiera puede. Esa extraña convicción, expresada públicamente y acompañada de recomendaciones de política pública, es a lo que propongo que llamemos el Efecto Mario Hernández.

Se trata pues de una aflicción que hace que ciertas personas muy exitosas lean a Colombia desde el prisma de su propio éxito, como si sus excepcionales historias y las de algunas otras fueran suficientes para describir el país en el que vivimos. El discurso que emana de quienes padecen esta aflicción tiende a dejar de lado el hecho de que este es un país desaforadamente desigual, por ejemplo. Si usamos datos de 2008 sobre coeficientes o índices de Gini,  los rankings tienden a indicar que Colombia está entre los diez países del planeta con distribuciones de ingreso más desiguales. Y no hace falta ser un economista para darse cuenta de que en Colombia, al margen de la distribución del ingreso, la mermelada de las oportunidades está muy mal repartida. Basta con alejarse unas cuantas decenas de kilómetros de las capitales para darse cuenta de que hay una atroz desigualdad en el acceso a servicios públicos básicos y/o a la educación.  ¿Cuantos Marios Hernández en potencia le habremos perdido a la epidemia de inanición que aqueja a la alta Guajira, por ejemplo?


El efecto que trato de describir, esta forma de leernos desde la cúspide alcanzada con gran dificultad, es particularmente pernicioso cuando se usa como el principio rector de discusiones sobre política económica. Solo es compatible con la receta que ya conocemos: La idea de que lo único realmente apremiante es aliviarle la carga a los que más producen, a los que más generan riqueza. Si a estos les va bien, a todos nos va bien. Se trata de una forma extrema de neoliberalismo en la que la falta de ortodoxia económica es el único pecado imperdonable para un gobernante. La desigualdad rampante, los malos récords de derechos humanos, todo está perdonado de antemano si el PIB crece a la velocidad correcta.

Por si las dudas: Todo parece indicar que Mario Hernández es un gran empresario. Su increíble travesía desde desplazado por la violencia hasta fundador y dueño de una consolidada marca de artículos de lujo es admirable. Los artículos que vende en sus tiendas son maravillosos. Es probable que su compañía genere muchos empleos. 

Pero hombres y mujeres de éxito hay en todos lados. Su éxito en los negocios no necesariamente los hace ejemplos a seguir o buenos comentaristas de política pública. Decía Paul Krugman hace ya algunos años, a propósito de la creencia (muy frecuente en círculos conservadores americanos) de que las personas con grandes fortunas saben como hacer que una nación sea más próspera, que lo que las personas aprenden en el curso de sus negocios no los prepara para formular políticas macroeconómicas exitosas.  Yo sugiero algo acaso más obvio: Sus historias de vida son simples anécdotas, no son radiografías a través de las cuales se debería observar la realidad social con pretensión de completitud ni con base en las cuales deba formularse política pública. 

La historia de superación de Mario Hernández, así como las historias de superación y movilidad social de muchos otros colombianos y colombianas exitosas son historias personales. Es probable que algunas de ellas también sean historias entrañables y ejemplarizantes sobre personajes nacidos en dificultades extremas que alcanzan un éxito fulgurante en contra de todos los pronósticos. Sospecho que todos compartimos una cierta proclividad por ese tipo de historias como fuente de inspiración en momentos aciagos.  Sin embargo, es importante recordar que este tipo de historias no prueban mucho más que la tenacidad, el talento innato y/o la resiliencia de personas como Don Mario. En algunos casos tal vez solo sean grandilocuentes epopeyas sobre gente que ha tenido mucha suerte. 

Lo cierto es que estas historias no son la foto completa del país en el que vivimos. Incluso si hacemos a un lado la consideración más obvia: que los empresarios defienden primordialmente los intereses de los empresarios, es importante recordar que la realidad no puede entenderse observando solo las excepciones. Esto aplica incluso si la excepción somos nosotros mismos. 

Propongo que es más sensato evaluar una política pública preguntándose cómo es que esta afecta a los que no somos excepcionales, a los que tienen poco talento, a los que no tienen suerte, a los que nacieron sin la resiliencia de Don Mario.  ¿Cómo es que nos afecta la política a todos “los otros"?


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