domingo, julio 14, 2019

Ir a Auschwitz

In-Between Fences


Hay una cierta ironía macabra que uno no puede pasar por alto al visitar Auschwitz en un día soleado de primavera. Bajo el sol de Osvecimia (Oświęcim, en polaco) no es tan fácil imaginar las cinco terribles primaveras en las que este sitio fue el epicentro de una de las peores atrocidades que los miembros de nuestra especie hayamos decidido poner en marcha.

Algunos parecen a prueba de ironías: En la entrada, justo debajo de la inscripción "Arbeit Macht Frei", varios Instagrammers posan con una sonrisa gigantesca. Supongo que es la misma incapacidad para la ironía que les permite sugerir, invocando a Deepak Chopra y mientras toman el sol en la piscina de un hotel cinco estrellas, que la clave de la felicidad es alegrarse con lo que uno tiene.


Auschwitz Barracks

Aparte de la indolencia de los Instagrammers, el sitio irradia una cierta austeridad respetuosa. La administración ha logrado implementar una logística eficiente y cómoda que no se siente como la melosa hospitalidad de Disnelyandia sino como la prudencia que debe observarse para visitar un sitio en el que fueron asesinadas más de 1 millon de personas. E insisto, he ahí una realidad que es difícil de digerir mientras se visita Auschwitz. Algunos tienden a imaginar un sitio en el que no vuelan las aves y el suelo supura maldad, pero no hay nada de eso en un día de primavera en Osvecimia. No hay ninguna manifestación sobrenatural o de dimensiones cósmicas para toda la barbarie que logramos conjurar en este sitio.


Brick and Barbwire II


Y esta suerte de indiferencia cósmica tiene dos efectos: Por un lado nos recuerda lo insignificantes que somos en la gran fotografía del universo, incluso cuando nos vamos a los extremos. Por otro lado, nos hace susceptibles a los esfuerzos de los que quieren negarlo todo, de los que quieren que olvidemos.
Estos esfuerzos de negación empezaron con los nazis mucho antes de que el campo se cerrara, continuaron con la destrucción de las cámaras de gas cuando la guerra estaba perdida y fueron retomados después por ciertos pseudo-historiadores que proponen revisiones de la historia. El más conocido de estos pseudo-historiadores es David Irving, quien ha logrado proponer versiones alternativas de sucesos de la segunda guerra mundial que son tan sofisticadas y eruditas que por momentos le han dado un nuevo oxigeno a una versión de la historia en la que los nazis no cometieron genocidios o crímenes de lesa humanidad y en la que el pueblo Judío se buscó su suerte.

Es difícil adivinar a quien le interesa argumentar que después de todo los nazis no fueron tan malos  sin perdernos en extrañas teorías de la conspiración, pero la existencia de estos esfuerzos nos acerca a la razón principal por la que ir a Auschwitz debería ser casi obligatorio: Las ruinas de lo que allí sucedió son lo único que se interpone entre nosotros y estas ficciones tan verosímiles que se inventan algunos expertos para que se nos olviden los terribles errores que hemos cometido, para que entre la confusión terminemos dándole una segunda oportunidad a la barbarie y al horror.

Broken Doll


Entre esas ficciones, una que tomó mucho asidero durante algún tiempo cuestionaba precisamente las cámaras de gas de Auschwitz, el uso del químico Zyklon B y las cifras oficiales de las víctimas de estas cámaras de la muerte. David Irving y otros revisionistas han argumentado con cierta sofisticación que las cifras son improbables y que no hay evidencia del uso de Zyklon B. Que todo se trata de algún tipo de conspiración urdida entre los comunistas, las agencias federales americanas (y tal vez elementos sionistas) para exacerbar los ánimos y avanzar ciertas agenda políticas de la posguerra.


Las ruinas de Auschwitz no mienten, sin embargo: La mejor evidencia que se ha producido sobre el uso masivo del Zyklon B proviene de los exámenes químicos de los escombros provenientes de las paredes de las cámaras de gas, dinamitadas a la carrera por los Nazis para esconder sus crímenes en los últimos días de la guerra. El color azul y la presencia de Zyklon B es innegable.
 
Auschwitz Barracks

Es precisamente por eso que vale la pena ir a Auschwitz y conservarlo para las generaciones futuras: Porque en este mundo de post-verdades en el que vivimos hay una suerte de guerra mediática por nuestras mentes y corazones. Estos sitios que lucen tan inocentemente rurales en los días de sol custodian algunas de las verdades más difíciles a las que todos deberíamos enfrentarnos de vez en cuando para evitar los errores del pasado.

Así, cada vez que estemos a punto de dar por cierta algunas de esas cosas que suelen decirse sobre el otro  (que los mexicanos son criminales, que los inmigrantes son peligrosos, que los venezolanos nos están invadiendo) podemos acordarnos de Auschwitz y de lo que ocurre cuando le damos rienda suelta a los dueños de esos prejuicios, a los que ondean esas banderas.   

Hay muchos empeñados en mantenernos en ese cierto comfort que viene con el olvido y la negación, pero una buena visita a Auschwitz funciona exactamente como pretende la placa en el monumento de Auschwitz-Birkenau: Como un grito desesperado y una advertencia sobre toda la maldad de la que somos capaces.

All along the watchtower


Todo el album de fotos acá:


Auschwitz




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