Una Consolación para despedir a Julieta
Cuando hablábamos sobre los más jóvenes de la familia, mi mamá pensaba en mi abuelo Homero. Yo tuve la dicha de disfrutarlo. Imagínense esto: Papá Homero y yo jugábamos Super Nintendo, y a mi mamá le gustaba contar esta historia, que es totalmente cierta: Él Me esperaba en la recepción del edificio, con una bolsita de Coca Cola en la mano (cuando en Barranquilla tomábamos Coca Cola en bolsa) y una galleta festival. De Chocolate o de Vainilla, que eran las que me gustaban en esa época. En un dos por tres subíamos hasta el quinto piso y nos instalábamos en la salita de televisión, control en mano. Mi recuerdo más vivido de estos episodios es una imagen en la que yo intentaba enseñarle al abuelo como volar con una de las transformaciones de Super Mario, que podía mantenerse en el aire si uno presionaba la flechita hacia atrás cuando el personaje agachaba la cabeza (los de mi generación sabrán a lo que me refiero). Él hacía un gran esfuerzo, pero desafortunadamente las que volaban o saltaban eran solo sus manos y el susodicho super Mario se desplomaba inexorablemente hasta el Game Over. Se me antoja pensar que tal vez el abuelo estaba muy avanzado para su tiempo, como se dice sobre algunos artistas malentendidos: Tal vez ya presentía la llegada del Nintendo Wii, que responde al movimiento de las manos, y fue lanzado como 20 años más tarde. Papi Homero había leído en algún periódico sobre la tecnología que hizo posible Super Mario World y estaba realmente fascinado. Mi mamá heredó de él esa capacidad de maravillarse con el mundo y así, esa partícula de mi abuelo, la facilidad para ensoñarse, también vive en mi aunque los dos ya no estén.
Vuelvo a la historia que mi mamá contaba cada vez que podía: En la tarde ella llegaba del trabajo o de la universidad (no me acuerdo) y se enternecía con su padre, el super-abuelo que jugaba Nintendo. Pero con esa misma ternura que solo ella podía esgrimir, también lo regañaba: Cómo se le ocurría alcahuetearme mi afición por la Coca Cola, si yo estaba tan flaquito porque vivía con el estómago lleno de chucherías y por eso no me comía la comida que hacía Esther. Decía mi mamá que cuando el regaño venía en dirección mía, yo tenía el mal gusto de echarle la culpa al viejo: - Mami, Papa Homero me obliga ¿yo que hago? - Según ella, esta reacción le causaba al abuelo una risa desparpajada, una risa Calderon que ellos compartían. Y todo era un regaño de mentiritas, porque esa alcahuetería que le endilgaba a su viejo también estaba en su fibra, muy patente en el año en que me quedé en Barranquilla con ella mientras Julie y papá vivían en Bogotá. Después del colegio me cambiaba la comida de la casa por una cuarto de libra en al auto mac o unos Nuggets de pollo con bollo blanco en el ahora extinto American Broaster. A veces la que lo proponía era ella.
Pero vuelvo a los más jóvenes entre los Calderon: Mi mamá decía que el viejo se habría vuelto loco de la felicidad con la posibilidad de jugar y consentir a Valentina y a Ivan Kamilo, por ejemplo, que era un pequeño terremoto. No podía quedarse quieto. Y esta historia se las cuento, amigos y amigas y familia aquí presente, para honrar la memoria de mi Julieta, para decirles que este es uno de los pesares que hoy llevo en el corazón: Mis hijos, si algún día los tengo, y los hijos de Julie, si algún día los tiene, no van a poder disfrutar de la inagotable dulzura de Julieta Calderon. De su forma de amar sin límites y sin miramientos. De su forma realmente loca de amar.
Pero amigos y amigas y familia, hoy no quiero repartirles a ustedes amarguras y remordimientos, porque ella no lo querría así. El duelo tan grande que sentimos lo tramitaremos con el cuidado que se necesite entre Julie, mi papá y yo, que, con el respeto de todos los que hoy están tristes, somos los que tenemos el mejor título sobre esta tragedia.
No caigamos en amarguras. Si mi mamá estuviera aquí con nosotros, preferiría que hiciéramos un inventario de memorias hermosas. Eso me lo enseñó con ocasión de las mil y un tusas que me lidió: hay que quedarse con lo bueno. Qué bonita ironía. Mientras me consolaba el dolor de tantos amores extraviados también me dio este equipaje, esta preparación para la peor tusa de mi vida: La tusa de perderla a ella. Para su cumpleaños hace unos años le escribí que uno de mis recuerdos más tempranos era la dulzura de su cara. Tenía una cara que a mi se me antojaba hermosa. Cuando se asomaba a mi cuna, creo recordarlo, el tiempo se paraba. No había más razones para llorar. Ella estaba ahí.
Otra memoria hermosa viene a la cabeza: Sus extrañísimas canciones de cuna. Me fascinaban, pero a la vez me daban un poco de miedo. Había una sobre un pinocho al que se la paraba el corazón y le ponían un corazón de fantasía. -Y Pinocho sonriente despertó, jajaja- finalizaba mamita la cancioncita con una risa muy histriónica que me encantaba, pero a la vez me alarmaba. Había otra canción de cuna sobre un lobo, también llena de misterio. Parecían canciones de cuna compuestas por Julio Jiménez. Estaban llenas de dulzura y a la vez suspenso. Lamento no haberme tomado el tiempo de decirle lo importantes y formativos y tiernos que fueron todos estos arrullos. De descifrar juntos todos esos misterios Mi mamá era una mujer de ternura. De ternura desbordante. Y me duele que no podamos, como al Pinocho de su canción, despertarla con el simple método de ponerle un corazón de fantasía. Y jajaja.
Pensándolo con más cuidado, también se me hace un despropósito someterlos al ejercicio de escuchar una interminable retahíla de recuerdos con el fin egoísta de desahogarme. No importa qué tan preciosos sean, son interminables, y me quedaría la espinita de olvidar alguno momentáneamente. En efecto, no tenemos tanto tiempo para esa lista de Julietadas tan entrañables, pero prometo compartir algunos en la medida en que el duelo lo permita o lo requiera a través del correo electrónico. Compártannos ustedes los que puedan, para que el corazón no nos duela tanto a Julie, a mi papito y a mi. Para contagiarnos de sus recuerdos de ella.
De manera que ese último remordimiento, el de no haberle dicho con más frecuencia y con mucha más fuerza lo importante que era para mi y la forma en que atesoraba todos sus recuerdos, puede sublimarse en algo más bonito. Algo que a ella hubiera preferido compartir con todos ustedes. Empieza con una pregunta: ¿Cuánto van a esperar para decirle a la gente que importa lo tanto que la quieren? ¿Cuánto van a esperar para darles un abrazo, para leer el último mensaje de WhatsApp? Cualquiera que sea su respuesta, el consejo que tengo para darles hoy en medio de este dolor es que no esperen hasta recibir la llamada que recibí el sábado 6 de Junio de 2026 por la mañana. Ya en ese punto no hay nada por hacer para tocarle el corazón a los que se fueron. Y eso duele. Duele muchísimo. Si Julieta estuviera aquí entre nosotros, católica devota como era, traduciría este mensaje a las palabras del gran fundador del cristianismo. En la biblia se traduce como una exhortación: Amaos los unos a los otros. Ella, más prosaica, diría: “quiéranse ahora que pueden, qué están esperando? “ “Despues pa’ qué?” Yo les digo: Quiéranse como mi papá quiso a mi mamá, por 45 años, a pesar de todo. A contra de todo.
Y es que era sabia en estas cosas mi mamita, por lo menos para aconsejar a otros. Decía que eso de amarse y quererse no tenía en realidad mucho que ver con el romance sino con la decisión de dos adultos de mantenerse juntos literalmente a pesar de todo. Así lo demostró ella en sus crisis matrimoniales, cuando tomó la decisión de dejar atrás una fulgurante carrera para irse con mi papá para otro país, preservando así el hogar que ella adoraba para mi hermana y para mí. Amor férreo, amor a prueba de todo. Así amaba mi Julieta, nuestra Julieta, la de la risa fácil. Siempre me lo decía cada vez que me veía peleado con mi papá: Yo amo a tu papá, así como es.
Así es que amigos y amigas y familia, contemplen ustedes esa otra gran cosa que me dejó. Esa otra hoja de ruta. Esa verdad tan importante: Los seres humanos somos muy complicados. Hermosísimos a veces, perversos en otras, un constante devenir de errores, logros, fracasos, frustraciones, mentiras, sonrisas, abrazos, deseos. Mi mamá compartía conmigo la idea que Abad Faciolince recoge en el libro que escribió sobre su padre: Todos contenemos una luz y una profunda oscuridad. El mérito no radica en estar exento de oscuridad, sino en escoger la luz cada vez que podamos. Julieta lo llevó a otro nivel: Hay que amar a los que importan con su luz y con su oscuridad. Así me enseñó a querer. Así la ame yo. Así la amó mi papito por tanto tiempo, a veces a la contra, al punto de que cuando peleaban muchas veces les dije algo que hoy repito sin asomo de vergüenza: Que mi papá sería un gran candidato para el nobel de paz. Todos conocían la dulzura de Julieta, pero muy pocos conocíamos su tremenda capacidad para la furia. Su oscuridad. Y se las presento así amigos y amigas y familia, porque traicionaría su memoria si se las presento como una santa. Era una mujer hermosa a través de su luz y su oscuridad.
Cuando Julieta y yo hablábamos sobre la muerte, a veces discutíamos sobre las maneras de tramitar el dolor. Con los años se hizo más religiosa. Pero estábamos de acuerdo en algo que ahora es mi mayor consolación, mi forma más efectiva de hacer el duelo. Se las comparto para que sirva de inspiración a sus propias consolaciones. Fernando Vallejo, otro gran hombre de nuestras letras, jugó con la idea en El desbarrancadero. La formularé así a manera de paráfrasis: La gente que se va, se queda en nuestros corazones. En nuestra fibra. No hay que buscarlos en ninguna otra parte. Estamos hechos de pequeñísimas partículas de esas personas, por lo menos en un sentido metafísico, sino directamente a través del ADN. Aquí he mencionado algunos ejemplos de la forma en que Julieta vive en mí, pero quiero proponerles otros muy importantes para su consideración:
No conozco a nadie que no se refiera a mi mamá como un dechado de dulzura y amabilidad. Se lo escribí para su cumpleaños hace unos años: mi mamá era de conciliar primero, y de pelear solo si era necesario. Me enseñó que lo cortés no quita lo valiente. Esto me ha servido muchísimo en muchos ámbitos de mi vida, y se me hace que es una disposición muy rara en el mundo de violencia en el que vivimos, en el que los más fuertes ya ni preguntan, sino que invaden y despojan y arrebatan. Mi mamá era tan así, como su propia mamá que la sobrevive, que algunos insensatos podrían haberla acusado de pusilánime. Claro, todos caemos en la tentación de imponer primero e influenciar después, pero lo de mi mamá era una rara docilidad en el carácter, una tendencia a confiar, a sonreír primero, y a sacar los dientes solo cuando era necesario. Nunca fue cobarde en cuestiones importantes, pero casi siempre tuvo la sabiduría de empezar con el diálogo, de tender la mano, de dar segundas oportunidades, de evitar conflictos innecesarios. Supongo que parte de esta enseñanza que me deja tiene mucho que ver con su forma de concebir el poder. Nunca lo dijo así pero lo que me dejó es una muy rara formación sobre la forma en que debe ejercerse: Mientras más poder se detente, más responsabilidades nos atañen, más cuidado hay que tener. Aconsejaba a todo el mundo leer la reflexión que Darío Echandía tituló: “el poder para qué,” como una admonición sobre la ética en el ejercicio de la política. Entonces sí amigos, todo lo que ven en mí de dócil, todo lo que ven en mí que es dulce, todo es ella, que sigue viva a través de mí. Era una mujer llena de amor y así me hizo, y así voy por la vida, confiando primero y peleando solo cuando toca. Imagínense qué sería de este país si a todos nos hubieran educado así.
Quisiera ilustrar este legado que me deja hablando de su amor por mi hermana. En voz alta siempre se hacía una pregunta retórica cuya respuesta nos repetía a Julie y a mi todo el tiempo: Cuando me preguntan cuál es mi hijo favorito siempre digo, Javi es mi hijo favorito y Julie es mi hija favorita. Si no me traiciona la memoria, a veces usaba su retórica de abogada para variar la fórmula: Mi hijo mayor favorito es Javi y mi hija menor favorita es Julie. Qué dulce diplomacia. Qué mamá de ensueño. Me amó muchísimo, y la acercaba a mi nuestra mutua inclinación a gozar la vida. Las cosas muy finas, pero también las cosas pequeñas e interesantes que el mundo tiene para ofrecer. Mi papá lo puso de la mejor forma: A veces, cuando la veía saltando por el jardín, llena de júbilo con pequeñas cosas, pensaba con ternura: “Me casé con una niña”. Ella y yo éramos verdaderas almas gemelas de esa forma. Pero estoy convencido de que su preferida siempre fue Julie. Su muñeca. Y yo nunca lo hubiera querido de otra forma. Veía en Julie la fragilidad de su hija menor. Porque ustedes no lo saben, pero Julie es durísima por fuera, y delicadísima por dentro, y como Julieta, a veces embotella las amarguras. Mi mamá lo sabía mejor que nadie y por eso dedicó muchas partes de su vida a defenderla, a protegerla a capa y espada. Era una fiera cuando se trataba de defendernos. De defenderla.
La segunda cosa de ella que nunca se va extinguir mientras yo siga en vida es su don para la amistad. Mi mamá era una gran amiga. Una gran coequipera. Era de esas raras personas en las que todos sabíamos que se podía confiar. Desde pequeño, me causó una gran impresión la forma en la que engalanaba la casa, incluso cuando no había mucho que ofrecer, para las amistades que venían de visita. Para “la visita”, como decíamos en Barranquilla. Manteles pulcros, servilletas bien puestas, detallitos, pequeñas atenciones. Todo para honrar al amigo, para que se sintiera bienvenido. Este don de amistad que tenía es el que convoca a muchos de ustedes hoy a despedirla. Nuevamente, creo que tenía su génesis en una de sus cualidades más bellas: En la capacidad de maravillarse con las cosas más pequeñas que ofrecía la vida, pero sobre todo en su capacidad de confiar y amar y maravillarse con las personas. Con los seres humanos. Era una gran amiga porque era una gran humanista. Muchos de ustedes tal vez no lo sepan, pero a mí me contó que en su juventud consideró la posibilidad de tomar los hábitos. Que ese camino de abnegación fue una verdadera opción de vida mientras hacía las veces de profesora para comunidades rurales en Tibú. Démosle gracias a la vida que en vez de ese camino decidió ser lo que fue: madre amada, amiga querida, hermana devota, colega legal, gran laboralista. Si Julieta se hubiera metido a monja no estaríamos convocados todos aquí en esta ocasión triste, pero tampoco habríamos tenido la dicha de disfrutar de su dulcísima amistad. De su inagotable amor.
Aquí también quisiera ilustrar este don de amistad de mi madre con una anécdota que me parece muy diciente: Cuando se fue para El Salvador con mi papá, encontró un círculo de amigas que juntas conformaban una organización que se llama ADOI: Asociación de Damas de Organismos Internacionales. Al principio, confieso que me pareció una frivolidad. La palabra dama siempre me ha causado un cierto resquemor. Pero en el grupo encontró a sus maravillosas y muy amadas colombianas en el exilio: a Doris, a Adriana, a Angela, a Gloria la paisa sabia, a Martha Chica, a Virginia la de la alegría del caribe y a Ana Lucía. (Perdónenme si la tristeza me nubla algún nombre). Fueron años maravillosos para mi mamita, y a todas estas grandes mujeres (al carajo con la palabra dama) les agradezco todos los entrañables recuerdos de viajes y bailoteos en la casa de Doris. Pero resulta que un día la asociación se quedó sin presidenta. Y no saben ustedes, amigos y amigas y familia, la intriga que puede haber en un grupo de mujeres ricas (o algunas más ricas que otras, porque nosotros nunca hemos caído en la trampa de creernos ricos) que en teoría se reúne a hacer obras de caridad, cuando se trata de elegir a la nueva abeja reina. Había candidatas más ricas, con maridos de abolengo, con prestigiosos apellidos de familias presidenciales. Y resulta que todas estas señoras escogieron a nuestra Julieta. ¿Por qué sería? Si había algo que caracterizaba a mi mamá es que entre amigos nunca quería imponerse. No tenía ninguna pretensión de ser la abeja reina de nada. Y eso siempre la convirtió en la amiga dócil, la fiel confidente, la reina de todos los corazones. Y por eso fue elegida presidenta de esa asociación. De manera que me puedo dar un lujo que es más propio de excéntricos multimillonarios que de un pelaíto de Barranquilla Colombia como yo: el de añadir a la hoja de vida de mi madre el calificativo de filántropa.
Una tercera cosa que me deja son las palabras. Ella no tenía vanidades intelectuales ni pretensiones de sabia, ni era la mejor leída. Pero me enseñó el valor de la lectura. En el colegio, cuando nos dejaban trabajos escritos en grupo en los que nos ayudaba, mis compañeros de clase quedaban impávidos con su redacción. Fue mi primera maestra en la escritura y lamento no habérselo recordado. Decía ella que esto también se lo heredamos al papi Homero, que cuando se portaba mal con Mami Nelly lograba siempre reconquistarla con unas cartas de amor hermosísimas. Cuando quería sentirse orgullosa de mí, que era casi siempre, decía que a mí me perseguían los libros. Nunca me lo creí, pero pienso que fue su gran fe en mi talento y disposición a la lectura lo que se convirtió en una suerte de profecía autocumplida que le dio origen a mi carrera y a una verdadera inclinación por las palabras como forma de salvar la vida. Ella sabía que yo a veces recurría a los libros como cosa de vida o muerte. Para salvarme. Y fue esa fe ciega de madre que tenía en mi lo que me llevó a descubrir la importancia de la literatura y a descubrir los consuelos de la filosofía, las maravillas de la ciencia y las ensoñaciones del arte que le dan tanto sentido a mi vida. Ella me salvó una vez la vida en una forma más prosaica, pero con su influencia también logró que los libros y el arte me la salven casi todos los días. Lamento no haberle dicho esto de esta forma tan clara cuanto todavía vivía. Casi siempre pienso en ella cuando escribo. Era la única lectora de mi blog.
También tengo que hablar de su ejemplar ética laboral. Uno de sus adjetivos favoritos era: “Trabajador” o “trabajadora”. Recientemente los usó para referirse a mi primo Abelito y a mi Prima Katya. Estaba muy orgullosa de que los dos trabajaran tan fuerte. Y no era cualquier cosa que esta señora dijera que uno era “trabajador”. Creo que nunca lo dijo de mi, por ejemplo. Alguna vez hice las veces de su dependiente judicial en las cortes colombianas y creo que la decepcioné tanto que concluyó que lo mío era más el talento que la dedicación. No voy a discreparle eso de manera póstuma. En el trabajo se exigía muchísimo y también le exigía a los demás. Cada vez que quedo con la sensación de que no he hecho el mejor esfuerzo, cada vez que no me exijo, siento que la defraudo. A ella y a mi papá. Así viven ellos dos en mi y vivirán para siempre: Como las dos voces que me preguntan si ya hice la tarea y con qué dedicación. Si es que tengo algo de ética laboral la saqué de ella y de mi padre. Y estoy seguro de que más de alguno en este grupo también recibió ese ejemplo y ese legado de forma muy vigorosa de la propia voz de la hermosa Julieta. Trabajen, flojos. Trabajen fuerte.
La otra cosa que nos deja es su sensibilidad social. Creo que en esto fue pieza clave su formación en derecho laboral con grandes maestros como German Valdez y Julio Cesar Herrera, a quienes siempre recordaba. Mi mamá era una profunda conocedora de la doctrina del derecho laboral continental. Recordemos que en los inicios de su carrera defendió precisamente ese derecho como inspectora en el extinto ministerio de trabajo, junto a su gran amiga Idalid. Juntas vigilaron el pequeño universo de las relaciones laborales del departamento del Cesar de los 90s en el que, como decía mi mamá, los empleadores actuaban como una suerte de señores feudales, con toda clase de derechos no solo sobre la fuerza de trabajo de sus trabajadores sino sobre sus vidas y hasta sus cuerpos. Esa fue su primera experiencia como servidora pública y yo estoy muy orgulloso de la forma en que hizo su trabajo. En vez de buscar maneras de enriquecerse con su posición, se dedicó junto a su amiga, como dos jóvenes quijotas, a desfazer los entuertos de este país tan injusto. Caso por caso. Idalid me recuerda siempre que uno de mis juegos favoritos cuando la acompañaba a la oficina era sentarme en su escritorio y simular una diligencia de conciliación laboral.
Casi al final de su carrera también sirvió a Colombia como secretaria general de la universidad Surcolombiana en Neiva, al lado de nuestro gran amigo, uno de los primeros opitas del mundo, el honorable Ricardo Mosquera, al que siempre le agradeceré, como ella lo hacía, el haber confiado en ella. Creo que la sensibilidad social de Julieta se traducía también en una cierta sabiduría política que me parece excepcional en una mujer de su generación: Nunca se comió el cuento neoliberal del Uribismo, vio a través del ingeniero Rodolfo y su propuesta populista y más recientemente nos burlábamos juntos del autodenominado tigre. Tenía algo muy claro y es que alguien que se precie de ser una persona decente no puede votar por un tipo que aspira a sentarse en el Solio de Simón Bolivar y a la vez sugiere en la televisión nacional que las colombianas jóvenes van a votar por él gracias al tamaño de su verija. Qué básicas son nuestras mujeres en la cabeza del Therian de papel. En este aspecto lo de mi mamá era sensibilidad social tal vez, o qué carajos: Mínima decencia. Sabía lo que realmente significa estar firme por esa gaseosa noción a la que algunos llaman patria sin reparar en el peso semántico de la palabra.
Ya casi para concluir, si había algo de lo que me mi mamá se sentía orgullosa era de la influencia que tuvo en la juventud de mi padre para guiarlo a pensar en grande. Tengamos en cuenta que estos dos me tuvieron a mi muy jovencitos, que ninguno venía de cunas de oro. Que se hicieron a pulso. Mi papá le financió sus estudios en la universidad libre de Barranquilla. Y como toda la gente que se hace a pulso en Colombia, a mi papá nunca le ha gustado darse gustos estrepitosos ni enchaparse en oro. El lo lleva al extremo: Le gusta mucho más dar que recibir. Salvar a otros. A su familia, a sus amigos. Mi mamá decía que fue ella el motor que lo impulsó a matricularnos en los mejores colegios posibles, en las mejores universidades. Que era ella la que le daba la libertad a mi padre para vivir la vida que merecía un hombre tan trabajador. (Otra vez, recuerden el peso semántico del adjetivo trabajador en lo que respecta a Julieta). Ella, a pesar de que nació en un pequeño pueblo del Huila, pensaba grandísimo, por lo menos en términos relativos. Y sí: Fue ella la que influenció a mi padre a evitar la profecía autocumplida de pensar pequeño. Cuando una vez nos escuchó hablar sobre lo que queríamos del futuro a ella y a mi, mi papito nos dijo casi con voz de preocupación: No sean tan ambiciosos. Pues bien mami, gracias a tu influencia, creo que hemos conseguido casi todo lo que hablamos ese día. Casi todo. Y vamos por más. Eso nos dejas: Ambiciones grandes pero bonitas. Decentes. Y ahora que te fuste me da miedo que papito no las tenga así de grandes, que nadie lo empuje, que nadie le diga todo lo que se merece. Me da mucho miedo amigos y familia. No lo dejen solo. Él se lo merece todo. Y ya no la tiene a ella para recordárselo. Y el miedo que Julie y yo sentimos de perderlos a ustedes ahora que ella no está para ser la gran ancla que nos mantiene unidos es verdadero.
Voy a concluir este ya muy largo cúmulo de palabrejas mencionando lo que es tal vez el legado más importante que nos deja mi madre gracias a su don de la amistad y su liderazgo y su dulzura: Todos ustedes. Hoy se va en su forma física una madre amada y amorosa, una amiga entrañable, una soñadora y una hacedora, una gran abogada, una gran laboralista, una gran viajera, una cuidadora de flores, una filántropa, una servidora pública del mayor calibre e intachables escrúpulos. Hoy se va en su forma física una gran maestra y señora de este país y de esta sociedad todavía en construcción. Todavía perdida en la soledad que atisbó García Marquez. Pero se queda esa gran señora en mi y en ustedes como lo he tratado de explicar a través de este montón de palabras. En nuestros corazones. Siempre en nuestros corazones. Consuélense todos porque han sido muy afortunados: una vez que Julieta le toca a uno el corazón ya nunca se sale. Están todos ustedes infectados de esa hermosa enfermedad que era el amor y la dulzura de mi madre. La dulzura de esa tonta tan linda. Y ya queda en ustedes tomar eso como consuelo y hacer un esfuerzo para que su legado no muera pronto sino que siga en sus hijos y nietos, y los de hijos de sus hijos y los nietos de sus nietos. Ya la llevamos en el corazón. Pero si ella nos necesitaba a todos nosotros en vida más de lo que se imaginan (necesitaba ser parte de esta familia y de esta cofradía) también nos necesita ahora que ya no está. Es una gran responsabilidad asegurarnos de que esta gran señora viva para siempre. Yo ya la acepté. A ver qué hacen ustedes. Quieran ferozmente. ¿Cuanto más se van a demorar? ¿ Qué esperan? Así nos increparía ella a todos en una ocasión como esta, si no se hubiera ido. Si tan solo no se hubiera ido.






