El Problema con Juanpis González

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Es imposible no sentir cierta simpatía conceptual hacia Juanpis González. Todos hemos conocido a algún niñato que habla en el acento sobrado de niño play bogotano y que no pierde ocasión para recordarnos que hay unas familias, como la suya, que son las de “toda la vida”, a las que todo se les perdona y ninguna ventaja se les censura. Pero al margen de esta simpatía superficial, el personaje de Juanpis González es una oportunidad perdida, una sátira que identifica muy bien su objetivo, pero que no le hace justicia.

 La referencia doméstica más inmediata es Godofredo Cínico Caspa, el rolo rancio concebido e interpretado por Jaime Garzón (en colaboración con Antonio morales) que se sentaba a comentar la vida política nacional frente a una máquina de escribir, en traje gris y corbatín. Godofredo es un buen punto de comparación inicial: se presentaba como el último bastión de la pulcritud y la moralidad del país y, en acento santafereño, exponía la ofuscación de turno: “¿Desde cuándo se quiere popularizar el derecho al voto?” “¿De cuándo acá pueden votar las mujeres?” “Solo la gente de bien debería votar.” “¿De dónde acá les dio a las primeras damas el antojo del Ministerio de Cultura?” “¿Para qué sirve un campesino bailarín o un albañil poeta?”

 Hay una diferencia importante: Godofredo no hacía entrevistas, o por lo menos no a personas reales. Lo suyo era presentar, a modo de caricatura, una forma muy goda de ver el mundo según la cual todo lo que sonara a progreso o a cambio era aborrecible. En su imaginario, solo las familias de toda la vida tenían derecho a ostentar el poder o a influir en él. Pero la diferencia crucial es otra: Godofredo nunca cruzaba la línea que Juanpis cruza en casi todas sus entrevistas. Nunca se salía del personaje para dejar entrever su cinismo ni admitía, siquiera de forma tácita, que su visión del mundo era mezquina y risible. Godofredo creía tener la moral y “la pulcritud” de su lado, o por lo menos podía fingirlo muy bien, como tantos autodenominados conservadores.

 Pero Godofredo es solo el punto de comparación más cercano. El gran referente contemporáneo de este tipo de sátira al conservadurismo es el personaje que el comediante estadounidense Stephen Colbert inventó para The Colbert Report, que estuvo al aire entre 2005 y 2014. Stephen Colbert el personaje (que compartía nombre con su creador) era una suerte de comentarista político, lo que en Estados Unidos llaman un cable news pundit, y funcionaba como el equivalente de Godofredo en el ecosistema político estadounidense. Su genialidad consistía en hacer comedia de las posiciones conservadoras sin caer en exageraciones: casi se limitaba a repetirlas. Como Godofredo, y a diferencia de Juanpis, Colbert parecía creer que su forma de ver el mundo reflejaba los valores estadounidenses y las grandes virtudes nacionales. Como tantos comentaristas de Fox News, por lo menos hacía el esfuerzo de parecer convencido de su conservadurismo atrabiliario.

 Era tan eficaz el personaje de The Colbert Report que un estudio de 2009 encontró que muchos conservadores reportaban creer que se trataba de un comentarista que solo fingía las bromas, pero que en realidad estaba de su lado. El estudio sugería que el programa funcionaba como una especie de test de Rorschach político: liberales y conservadores veían en él lo que querían ver. La confusión llegó al punto de que la ultraconservadora Organización Nacional para el Matrimonio le agradeció públicamente a Colbert por referirse en su programa a un comercial de televisión contra el matrimonio gay que la organización había producido. “Siempre he pensado que Colbert era un agente doble, fingiendo fingir ser un conservador para tomarle el pelo a Hollywood”, dijo la presidenta de la organización. El propio Colbert ha contado en varias ocasiones que, en las zonas más conservadoras de Estados Unidos, muchas personas se le acercaban para decirle que amaban su programa porque, por fin, “les daba una voz”.

 La genialidad de The Colbert Report, el verdadero chiste, era precisamente esa: sugerir, en clave de comedia, que la realidad política de Estados Unidos había alcanzado un estado de cosas irreparablemente cómico, que la broma parecía escribirse sola, sin demasiado esfuerzo ni exageración. La realidad, como casi siempre, superando la ficción.

 El problema con Juanpis González es que casi siempre cruza la línea hacia una ficción más bien vulgar. Es un rolito fastidioso que tiene enanos como sirvientes y los humilla en público; un hijo de papi y mami que se jacta al aire de que su familia se roba la plata del Estado; un bellaco que asegura, sin sonrojarse, que lo que hay que dar es bala, porque al fin y al cabo él y los suyos no son quienes tendrían que salir a darla. Todo eso es demasiado obvio, demasiado vulgar, demasiado fácil. No sé si se trate de falta de valentía o de falta de talento para imaginar y ejecutar un personaje que encarne, sin exageraciones tan tontas, al conservador promedio. Pero el personaje de Alejandro Riaño resulta inverosímil precisamente porque se explica a sí mismo con sus excesos, porque cede a la tentación de dictar cátedra barata desde la vulgaridad. Es imposible saber si ese otro personaje posible (una caricatura menos grotesca) habría tenido la popularidad y el recibimiento de Juanpis. Lo que sí parece claro es que habría sido un personaje más digno y más valiente, como ese Godofredo que cumple 27 años de muerto y que servía como un reflejo mucho más divertido y a la vez más serio de las ensoñaciones conservadoras más oscuras.

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