Sobre la hora de los lobos
Y cuando iba por el tercer atacante vi que el hombre daba un giro y me cortaba el brazo derecho en un movimiento que no pude prever. Por fortuna, era el brazo izquierdo y no solté el cuchillo que llevaba en la mano derecha.
Mario Mendoza en La hora de los Lobos
El narrador de La hora de los lobos de Mario Mendoza es una primera persona que habla y piensa en un lenguaje vernáculo bogotano que es realmente insoportable. Dice, por ejemplo, que los compañeros de trabajo de su papá entraron en huelga cuando él “apenas -contaba- con nueve años de edad”. No tenía nueve años, sino que -contaba- con ellos. También dice cosas como: “la Secretaría de Salud nos -colaboró- y se lo llevaron para enterrarlo en una fosa común”, o “Prefería el pollo o el pescado, que eran más caros y difíciles de comprar -para- el presupuesto que -manejaba- doña Martha (...)”, o “En la cárcel, como cualquiera -de todos- los otros presos (...)”. Además, usa el verbo ir de una forma horrorosa: “(...) se dedicaron con minucia a cavar y a extraer la tierra en pequeñas bolsas que iban sacando en autos de baja gama para -no ir- a llamar la atención”. O mi favorito: “Le presté una cachucha para que -no fuera- a llamar tanto la atención”. La novela está plagada de estas frases realmente contrahechas.
Desafortunadamente, este lenguaje del narrador no parece un esfuerzo deliberado de Mendoza por construir un personaje que hable en el lenguaje de los barrios bajos de Bogotá sino algo más prosaico: falta de cuidado. Falta de editor, tal vez. Y no es una falta de cuidado con consecuencias meramente formales. Esta voz tan desaliñada hace muy difícil que uno se crea el universo que propone la novela. Irónicamente, cuando reseñé Los divinos, de Laura Restrepo, critiqué la extraña selección de nombres de la autora y comparé la novela con Satanás, de Mario Mendoza, a la que describí como un intento más exitoso y mejor documentado de ponerse en los zapatos de un criminal. Pues bien, Mendoza decidió que en el país de “Los rastrojos”, “Las águilas negras”, “Los machos” y “Los caparros”, el nombre creíble de una banda criminal ficticia puede ser “los ninjas”, que andan por la ciudad cargando espadas de Samurai.
A pesar de la sordidez de la historia, Satanás es creíble en parte porque todos sabemos que está basada en la historia real de Campo Elías Delgado, quien cometió la masacre urbana más estruendosa en la historia de Colombia. En esa novela, Mendoza camina con cierto cuidado la fina línea entre ponerse en los zapatos del criminal y hacerle apología a su crimen. En La hora de los lobos, pasa casi lo contrario: Mendoza propone el personaje de un cruel asesino que parece racionalizar todo con una efectividad goebbeliana. La mejor estrategia es atacar primero, hay que matar a los enemigos y su familia para ganarse el respeto de las bandas rivales, todo se reduce a una cuestión de matar o morir. Y no solo se trata de un narrador a ratos omnisciente (sabe, por ejemplo, cuando la madre de su novia le entrega el “auricular” del teléfono y sale de la habitación para que puedan hablar a solas) y de un personaje inverosímil que pasa de los barrios pobres de Bogotá a pagarle fortunas a sus colaboradores en las Islas Caimán (en Colombia todos tenemos cuentas en paraísos fiscales, por supuesto) y a referirse a sus asociados mafiosos como “mequetrefes” (no había escuchado ese término desde que dejé de ver películas de acción traducidas al español en los canales nacionales); sino que además se trata de una suerte de instrumento de moralización más bien obvio: este, como los personajes inverosímiles de Los divinos, no es más que un parapeto ligero para hablarnos sobre el círculo vicioso del odio y su ciclo interminable de muerte en Colombia. En algunas reseñas de internet dicen que el libro se adentra en la forma en la que operan las bandas criminales en estos tiempos postescobarianos, que relata la forma en que pasan de ser meras pandillas a verdaderos cultos. Pero esta novela de Mendoza no logra un universo lo suficientemente verosímil como para que le creamos sus moralinas o sus elucubraciones sobre esos nuevos modus operandi de la mafia. El narrador logra mejorar la medicación “para combatir” el estrés postraumático y los personajes de su infancia en Bogotá se refieren los unos a los otros como “bro”, por favor.
Y es una lástima porque Mendoza se ha convertido en una especie de autor de culto. Su éxito, que incluye adaptaciones a películas y series y novelas gráficas, lo ha convertido en una especie de héroe para los que sueñan con hacerse una vida escribiendo historias en el país de La hora de Los Lobos. Esta novela, como el realmente inconexo “leer es resistir” de 2023, cuestiona la semilla que se había sembrado con Satanás. Es una novela llena de frases feas, ligera en el peor sentido, un universo semiconstruido, anacrónico, apresurado, un muy mal ejemplo a seguir.