Sobre Alpe d’Huez

Lo primero es confesar un sesgo. Antes de Alpe d’Huez no había leído ninguna novela de Ricardo Silva Romero, pero he seguido su voz literaria desde hace ya más de una década. Me atrevo a decir que, mucho antes de que la Revista Semana fuera el esperpento propagandístico en el que la han convertido los Gillinski a través de Vicky Dávila, las reseñas de cine de Silva Romero fueron para muchas personas de mi generación una primera aproximación a la crítica de cine. Eran reseñas duras a veces: recuerdo haber buscado en la de Y tu mamá también los mil y un elogios que yo tenía para una película que me había encantado, y encontrar, para mi sorpresa, algo parecido a una reacción rabiosa contra los personajes. Eran textos muy cortos, pero con una agudeza y una profundidad inusitadas en los comentarios de cine de los medios masivos colombianos. Se me antoja que cuando esas reseñas dejaron de publicarse (Silva Romero comentó en su momento que fue una decisión suya) empezó cierto declive cultural en la Semana todavía respetable de la época.

Un día me lo encontré después de hacer compras en la librería que quedaba casi al lado del Carrefour del centro comercial Santa Ana. Con algo de timidez confirmé que se trataba de Silva Romero y le pregunté qué libro me recomendaba para empezar a leer su trabajo. Me recomendó Terranía, y en la primera página puso un autógrafo y un mensaje que sigue siendo una gran memoria de esa noche bogotana. En fin, digo todo esto para advertir que tengo un sesgo: desde que leí ese libro de poemas, casi todo lo que escribe Silva Romero me parece bonito. Terranía me acompañó en los últimos días de la universidad, cuando tenía que subirme a los polvorientos buses de la Séptima, y desde la mochila que cargaba brillaba con una suerte de luz que sugería que la gris Bogotá no era solo esa sucesión de buses atrapados entre el smog ni la paranoia constante que viene con la posibilidad de ser atracado en cada esquina. Terranía es sobre Bogotá, sobre la soledad lejana, tal vez, no sé. No leo poesía con mucha frecuencia, pero se me hace un libro perfecto para sobrevivir esa capital que es un monstruo que respira a 2600 metros sobre el nivel del mar.

 Pero esta no es una reseña sobre Terranía. Esa reseña la escribí hace 18 años. Esta es sobre Alpe d’Huez, que me recuerda que en aquel encuentro en Santa Ana, Silva Romero había empezado a escribir Autogol, la primera de sus novelas que se ocupa de la colombianidad a través de las hazañas (o desventuras) de nuestros deportistas.  Me dijo que estaba escribiendo una novela sobre fútbol, y por alguna estúpida razón creo que rechacé su invitación a leerla antes de que fuera publicada en 2009.  Alpe d’ Huez me confirma el remordimiento: Tuve que haberle dicho que sí a ese ofrecimiento de quien se ha convertido en uno de los escritores colombianos más consistentes e interesantes de los últimos 20 años.

 Se trata de una novela sobre aquella vez en 1984 en la que Lucho Herrera conquistó la etapa reina del Tour de Francia, tal vez una de las hazañas deportivas más emocionantes de la historia de Colombia. Ahí está el primer elemento de dificultad: han pasado más de cuarenta años, pero es una historia cuyo final todos sabemos, incluso los que no habíamos nacido. No puede ser fácil escribir 270 páginas sobre un episodio del que ya se habló tanto. El otro elemento de dificultad es que se trata de una historia que, en la práctica, transcurre en horas, no en días: entre las 11:33 a. m. y las 4:25 p. m. del 16 de julio de 1984. ¿Qué tanto puede decirse entonces sobre un suceso que dura tan poco y cuyo desenlace ya escuchamos por la radio? ¿Por qué habríamos de reparar nuevamente en todo esto?

 Silva Romero se vale de la ficción y de la realidad para superar esas dificultades y proponer varias razones para revisitar el Alpe d’Huez de Lucho Herrera. Sería un despropósito convertir esta reseña en una suerte de fact-check (no tengo ni idea de ciclismo) pero el autor suena lleno de autoridad cuando describe lo que pasó. Hay anécdotas de ciclismo, conmovedoras descripciones de las hazañas de sus heroes, nombres y datos que sugieren una investigación juiciosa. Al final de la novela, Silva Romero agradece con nombres propios el aparente sinnúmero de textos “y auxilios” que le permitieron reconstruir los sucesos que narra, entre ellos una entrevista que le hizo al propio Lucho Herrera en 2012 para la revista Soho (otra revista más o menos buena que cayó al abismo). Alpe d’Huez es una buena novela en parte porque esa pesquisa le da credibilidad al narrador omnisciente que relata lo ocurrido y parece saber muchísimo sobre el drama que cargan los ciclistas, los personajes no ficcionados. Hay gregarios consumados como Frater Zondervan que se van al ataque como para probar que son más que lo que siempre han sido, nuevas promesas como Fignon que superan a sus maestros porque pueden, y legendarios ciclistas que corren con rabia para demostrarle al mundo que todavía no están acabados y que quienes así lo creen son poco más que necios traidores. Todos esos dramas se cuentan con la agudeza y el cuidado que acostumbra Ricardo Silva Romero, como si el narrador hubiera podido observar con gran detenimiento la intimidad de los personajes que se imagina y la de los que realmente vivieron. Se me antoja, usando el recurso retórico de los comentaristas ficticios que propone la novela, que la palabra del diccionario para describir la forma en que Silva Romero aborda a estos ciclistas, sus ambiciones y sus frustraciones, sería la palabra cuasi-cinematográfica. Así escribía sobre algunos personajes en sus reseñas de cine.

 Luego viene la ficción. Pepe Calderón Tovar, Ismael Enrique Monroy y Henry Molina Molina son tres personajes importantes que solo existen en la novela. Se trata de un trío de comentaristas deportivos de los “años dorados” de la radio colombiana que pueden leerse como una caricatura. Silva Romero los retrata llenos de pequeñeces, necedades, vanidades y grandilocuencias de locutor. Los retrata como patrioteros y vendedores de ficción, como cuarentones enamoradizos y a la vez muy temerosos de sus mujeres, como habladores incesantes llenos de excentricidades y parrafadas con aspiración de poema épico. No creo que se trate de personajes inverosímiles, porque si algo sabemos es que en materia de comentaristas deportivos colombianos la realidad casi siempre supera la ficción; pero en ciertos apartes del libro parecen caricaturas demasiado obvias de esos señores de la radio y la televisión que se dedican a comentar deportes. Sus nombres, afectaciones y excentricidades me recuerdan a Pep Erazo y Memo Baquero, la pareja de comentaristas deportivos que inventaron Martín de Francisco y Santiago Moure para La Tele Letal, un programa más bien malo que se hacía peor cada vez que los susodichos se ponían pelucas y trajes para interpretar a los insoportables Erazo y Baquero. No creo que los personajes de Silva Romero caigan tan bajo: son mucho más humanos, menos arribistas y, en general, más profundos que los de La Tele Letal, pero no pude evitar hacer la conexión mental.

 El mérito de Alpe d’Huez, entonces, no es que vuelva a contar con pelos y señales una victoria nacional sino que entiende esa victoria como una escena ya contaminada por la memoria, la radio y el mito. La novela no hace muchas preguntas sobre la victoria de Herrera, sino sobre el país que necesitaba oír esa victoria minuto a minuto. Es una muy buena novela porque encuentra palabras cuidadosas y observaciones agudas para asomarse a los recovecos del alma de sus personajes y al drama del ciclismo mientras cuenta con mucha dignidad una historia verdadera sobre la gran hazaña del modesto Lucho Herrera. Lo hace encontrando un buen balance entre ficción y realidad, y logra emocionarnos nuevamente con una historia que le hemos escuchado a los abuelos. Aunque a veces se excede en caricaturas, es difícil usarlas en su contra en el país de los locutores exóticos que se convierten en políticos, en el país de William Vinasco Ch., el que narra con caché.

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