El Candidato Espantajopo
En la universidad había un dicho sobre los Barranquilleros que es realmente repugnante, pero viene a la mente a propósito de Abelardo de la Espriella. “Barranquillero come pan y eructa pollo”, decían mis compañeros, especialmente los monterianos, a propósito de los vanidosos Barranquilleros que venían a estudiar a Bogotá desde la “Puerta de Oro” de Colombia. Pues bien, en estos tumultuosos tiempos de elecciones hay varias investigaciones periodísticas serias que han encontrado muchas razones para no votar por Abelardo, pero se me antoja que al margen de las preguntas sin responder sobre su fortuna y su relación con Álex Saab (acusado de ser un testaferro del régimen Venezolano), al margen de las acusaciones de David Murcia (el fundador de DMG y su antiguo defendido, quien lo acusa de “traicionarlo” y de “quedarse” con 780 millones de pesos que le pidió para “mover cosas al interior del congreso”), al margen de su torturada relación con el periodismo y los círculos de opinion que suscitó cuestionamientos sobre potencial acoso en contra de Ana Bejarano, hay una razón importante para no votar por Abelardo que se asoma desde la sabia dicharachería costeña.
Abelardo la pone relativamente fácil: Antes de tener aspiraciones presidenciales salió a decir en television que el ajiaco es un “potaje carcelario”, presumió muy públicamente sobre su Jet privado, sus carros de lujo, su casa en Miami y sus relojes suizos (tiene un Royal Oak Offshore de Audemars Piguet que los conocedores saben de muy mal gusto). El otro día salió a buscar trufas blancas en la Toscana, en un capitulo de “aprendiendo con papá”, en el que les enseña a sus hijos y a nosotros los corronchos que lo observamos con admiración a través de sus redes sociales sobre la historia e importancia de estas delicias, cuyo “ciclo de vida ha sido un misterio desde las antiguas civilizaciones”, dice sin asomo de rubor.
Es cantante además, o eso nos dijo hace algunos años durante el lanzamiento de su álbum debut que se atrevió a titular “Mi alma Italiana”, y que no tiene nada de autotunes, en lo absoluto. Pontifica y asegura, por ejemplo, que las maravillas ya están inventadas: “Mujer Colombiana, reloj suizo, carro inglés, ropa italiana, comida mediterránea, vinos europeos”. Pero el último gran colmo de su fantochería es esta aspiración presidencial que parece un copy-paste de la fórmula del outsider que Donald Trump ejecutó con mucho éxito en Estados Unidos. La formulita consiste en explotar el enojo que tiene la gente en contra de “la política tradicional” y presentarse como una suerte de hombre de negocios que es ajeno a los corruptos tejemanejes de los políticos profesionales. La idea es capturar lo que se ha denominado el “voto protesta”, definido como el voto que se usa no para apoyar al candidato o partido político con el que uno simpatiza, sino como una suerte de castigo o señal de rechazo que se envía a las fuerzas políticas dominantes.
En “una taxonomía del voto protesta”, uno de los artículos académicos seminales sobre el fenómeno, los autores sugieren que hay varios subtipos de esta especie de voto, incluyendo el voto de protesta insurgente, que se hace a favor de partidos o candidatos que se presentan como ideológicamente extremos, pero que en realidad no tienen una agenda de política pública muy definida aparte de posicionarse como foráneos a la vida política e incorruptos (e incorruptibles) por el status quo decadente. Los autores también sugieren, ahondando en su taxonomía, que hay un voto protesta táctico que consiste en votar por un partido o candidato diferente al que se prefiere, para enviar una señal sobre la necesidad de cambio en ciertas políticas públicas, como cuando un votante de centro-derecha vota por un partido de ultraderecha para enviar el mensaje de que el partido más centrista al que prefiere debe moverse hacia la derecha de su ubicación ideológica actual.
Explotar este tipo de votantes está de moda otra vez. Se decía entonces sobre Trump que era un hombre tan rico y exitoso que no iba a llegar a la Casa Blanca a robarse nada, que no iba a iniciar guerras porque solo “el deep state” de Washington estaba obsesionado en exportar la democracia a punta de bombas y construir naciones en el extranjero, que era el candidato que mejor representaba el sentido común de los americanos, que era la única alternativa seria a la excesiva corrección política y “podredumbre” (stop the rot) de los políticos tradicionales. Abelardo ha calcado esta estrategia de comunicación casi al pie de la letra: Se presenta como un hombre inmensamente rico que no va a llegar a la presidencia de la república a “robar el erario”, como el antídoto en contra de los políticos “de siempre”, como el gran outsider que nos va a salvar de la debacle que ha sido el gobierno Petro.
““Cuando la plata no se la roban, alcanza para todo. Yo no necesito un peso del Estado porque ya lo tengo todo. Vengo a servir, no a que me sirvan”.”
Y aunque el voto protesta es un fenómeno universal e instrumentalizarlo ha sido clave en las victorias políticas de la ola de neofascistas que se ha tomado el mundo, se me hace que en el caso de Abelardo es sobre todo otra elocuente manifestación de su fantochería. Este es después de todo el Abelardo que odia el ajiaco y la changua y muere por las trufas blancas de la Toscana, este es el Abelardo que afecta una obsesión con el esplendoroso lujo de lo foráneo, que sale en televisión presumiendo marcas de lujo y se viste como nuevo rico, sin concebir lo bueno que sería, por ejemplo, un ajiaco entrufado. No hay mucha profundidad en nada de lo que dice o hace Abelardo, solo apariencias, solo veleidades. ¿Alguien sabe realmente qué propone aparte de destripar a la izquierda?
Pero si lo de afuera sirve como lección no solo para ganar elecciones sino para evaluar como les va a los outsiders cuando tienen que pasar de la protesta al gobierno, basta con preguntarles a los Americanos cómo les ha ido con el mayor exponente reciente de esta formulita que Abelardo imita. Trump es tan rico pero tan rico que no tiene por qué robarse nada, pero el Washington Post reportó que solo en su primer mandato el gobierno de los Estados Unidos usó 2.5 millones de dólares del “erario” para pagar a los hoteles de Trump por concepto de hospedaje y “gastos incidentales” de su escolta. El infame Mar-a-lago se ha convertido en un descarado vehículo de venta de influencias que duplicó sus precios mientras funciona como una Casa Blanca de invierno en la que la política pública se discute en los patios y el acceso preferencial al presidente está incluido en el precio. Trump es tan inmensamente ajeno a la corrupción que la junta editorial del New York Times reporta que desde que se convirtió en presidente su fortuna personal ha crecido en más o menos 1.4 billones de dólares. Pero además tampoco ha iniciado ninguna guerra: Estos misiles que surcan los cielos del Medio Oriente son un producto de la imaginación colectiva y el régimen Iraní se desplomó ante las bravuconadas Trumpianas en un par de semanas. En Venezuela hay un nuevo régimen que no tiene nada que ver con Maduro. El pantano de los políticos tradicionales ha sido totalmente drenado para nombrar a un excelso grupo de personas cuyo mérito no consiste en lo absoluto en lambonear a Trump sino en su trayectoria en ámbitos como el periodismo: El secretario de defensa (que rebautizó el departamento de defensa como el departamento de guerra) es un talking Head de Fox News, que es la inspiración de la nueva Revista Semana en el sentido en que las preferencias políticas de sus dueños (que tienden a ser de ultra-derecha) no tienen ninguna influencia en su reportería. En fin. Van ganando los outsiders, pero los que van perdiendo son sus electores. Ya está más o menos claro que los votos protesta equivalen a votar por el cáncer a pesar de que el tarjetón incluya males mucho menores, como el resfriado común. Y en estas elecciones presidenciales hay muchos candidatos sensatos que muy difícilmente podrían tildarse de políticos tradicionales.
Dice Abelardo que En este país tener éxito es un pecado, y en eso tal vez tenga mucha razón. Pero los barranquilleros, que sabemos mucho de estas cosas (como bien lo decían mis compañeros universitarios de la provincia) hemos acuñado un término que encapsula perfectamente la constante afectación de una persona que pasa del éxito a la fanfarronería. Espantajopos, los llamamos, a los que tienen acciones en el country club pero están colgados en el arriendo, a los que se aseguran de que todos sepamos que lo que llevan puesto es de alguna marca italiana, a los que comen pan y eructan pollo. Y se me hace que además de todas las razones tan contundentes que los medios independientes han señalado como buenas razones para no votar por Abelardo (bastaría con entender que este es el hombre que ha sido acusado de robarle a David Murcia, que es quizá el mayor estafador en la historia de Colombia) la sabiduría urbana también nos compele en este caso. Nadie se aguanta a un tipo de estos por mucho tiempo. Si hay algo en contra de lo que deberíamos depositar un voto protesta es en contra del espantajopismo como política pública. En la costa lo tenemos claro, todos tenemos un amigo así o somos un espantajopo en rehabilitación: estos señores son puro tilín tilín y nada de paleta.