martes, noviembre 03, 2020

El Caso Paty y El Derecho a la ofensa

Torn Islamic Posters, Wazirabad Pakistan

  Foto de Adam Cohn bajo una licencia de creative commons

 

Vivimos en tiempos furiosos. La historia de Samuel Paty es un botón para la muestra. Paty era un maestro de escuela. Enseñaba historia, geografía y civismo en un suburbio a treinta kilómetros de Paris. Este pasado octubre dictó un curso sobre libertad de expresión en la escuela para la que trabajaba, siguiendo el currículum francés.

Dice el New York Times que Paty era uno de esos profesores "bien conocidos por su compromiso de inculcar los valores franceses". Fuentes de Reuters cuentan que a principios de Octubre decidió advertirle a su clase que iba a mostrarles algunas caricaturas del profeta Mahoma. La advertencia, cuenta el padre de uno de sus estudiantes, se hizo para proteger a los estudiantes Musulmanes y darles la oportunidad de que se retiraran de la clase si así lo preferían. Fue un gesto de gentileza y respeto hacia nuestra fé, concluyeron algunos.

Otros se ofendieron. Aunque las fuentes no son claras sobre la naturaleza de las caricaturas, algunos reportes sugieren que una de ellas mostraba al profeta del islam desnudo, con los genitales expuestos, al estilo típico de Charlie Hebdo. De manera que los ofendidos se quejaron ante la escuela, iniciaron una campaña en redes sociales para exigir el despido de Paty y lo acusaron ante la policía de "diseminar material pornográfico" entre sus hijos.

Uno de los ofendidos se llamaba Abdoullakh Anzorov, un tipo de 18 años que no tenía ninguna relación con los alumnos de Paty ni con su clase de civismo. Anzorov decidió acudir a la escuela un viernes por la tarde, pedirle a los estudiantes que identificaran al profesor, seguirlo mientras caminaba a su casa y decapitarlo. "Allahu Akhbar" (Dios es el más grande) gritó Anzorov al concluir su infamia, según cuentan los testigos.

Esta no es la primera vez que este tipo de sucesos hacen ruido en las noticias. Los casos del escritor Salman Rushdie -condenado a muerte por un clérigo iraní por el crimen de escribir una novela- y el de Ayaan Hirsi Ali -amenazada de muerte por criticar públicamente el rol de la mujer en el islam y por cuestionar la estatura moral del profeta- son otros dos casos ejemplares que confirman la grave tensión entre el dogma religioso del Islam y la libertad de expresión.

Pero Seamos justos: Esta tensión no es ajena a ninguno de los monoteísmos, incluido el cristianismo, que hasta hace un par de siglos ejecutaba infieles y apóstatas por doquier. De manera que escribo sobre esta tensión entre Islam y libertad de expresión en Octubre de 2020 no porque crea que los otros monoteísmos son un ejemplo de tolerancia hacia el pensamiento crítico, sino porque (a juzgar por las noticias) ya no hay clérigos cristianos (aparte de algún tele-evangelista febril) que sugieran que el castigo para quien se atreva a criticar sus dogmas debe ser la muerte.  

Hecha esa salvedad, la única forma sensible de iniciar una discusión sobre el caso Paty requiere aceptar una verdad incontestable que no está directamente relacionada con la tensión entre la libertad de expresión y el Islam: No hay insulto que justifique la ejecución extrajudicial de miembros de nuestra especie. Y es importante insistir en ese principio precisamente cuando la ejecución en comento se lleva a cabo de una forma tan cruel e inhumana como la decapitación. Esta "verdad incontestable" que propongo no es otra cosa que un juicio moral: Afirmo que es moralmente reprehensible (que es un acto de verdadera maldad) quitarle la vida -especialmente de forma tan cruel- a un miembro de nuestra especie en respuesta a un insulto, sin importar la gravedad del mismo. Que el valor de la vida es más importante que la necesidad de resarcir insultos. Y propongo además que esta verdad incontestable es cierta en cualquier lugar del planeta, para todos los miembros de nuestra especie, sin importar la religión que profesen.

Pero he empezado diciendo que vivimos en tiempos furiosos, y así lo creo, así que vale la pena repasar los detalles del caso para no cometer el error de contribuir a la furia sino, tal vez, al entendimiento. La primera cosa que hay que revisar es el insulto que puso en marcha esta tragedia: La ofensa que se le endilga a Samuel Paty, vista desde la óptica de un ateo (o incluso desde la óptica de un católico de los tiempos de Jorge Bergoglio) es una ofensa menor. Asumiendo su rol de maestro, Paty le mostró a su clase una de las caricaturas de la revista Charlie Hebdo, cuyo personal ha sido víctima de varios atentados terroristas por su insistencia en reproducir imágenes del profeta del Islam. Ya no podemos saber cuales eran los motivos de Paty (algunos sugieren que no tenía ninguna intención de causar controversia) pero en principio no debería parecernos raro que un profesor que dicta un curso sobre libertad de expresión quiera hablarle a sus alumnos sobre el caso Hebdo, que es (por lo menos antes de la historia de Paty) el caso de estudio más importante para suscitar una discusión sobre el rol de la libertad de expresión en los tiempos que vivimos. Desde esa óptica, desde la óptica de los incrédulos (o de los que creen en otras cosas) la idea de matar a alguien por dibujar una caricatura o por presentarla en un contexto académico es una idea abominable, sin importar qué tan insultante y desagradable sea la caricatura en cuestión. 

Desde la óptica del Islam y sus creyentes, la historia de Paty puede ser contada de otra forma. Pero aquí cabe un caveat importante: Es atrevido afirmar que hay unanimidad entre los creyentes del Islam (que sumaban 1.8 billones en 2015) sobre el castigo que merece la apostasía o la reproducción de imágenes del profeta. No hay mucha documentación al respecto aparte de algunos datos interesantes que ofrecen los estudios del Pew Research Center (2013), por ejemplo:

  1. Entre los musulmanes hay una tendencia clara a preferir la islámica (la shariah) como la ley vinculante:



  2. Un porcentaje importante de los musulmanes que sugieren que la ley islámica debería ser la ley vinculante en sus países cree que el castigo por abandonar el Islam debería ser la muerte:  



 

En todo caso, nada de lo anterior es evidencia concluyente de que los musulmanes en general (o una mayoría de los mismos) aprueban el asesinato de Samuel Paty o albergan la convicción de que la muerte es el único castigo posible para los que se atrevan a crear imágenes del profeta. Es probable que nunca se haga un estudio serio que nos permita zanjar esa discusión por lo menos en lo que respecta al caso Paty. El Corán, por su parte, tampoco es explícito en proscribir estas imágenes, de manera que la prohibición en comento se le atribuye al Hadith, que es la recopilación escrita de las tradiciones y las palabras del profeta, considerada una fuente de derecho islámico complementaria al Corán. 

Sin estadísticas fehacientes a la mano nos quedan entonces las anécdotas. Las sentencias de los influyentes clérigos del caso Rushdie (entre ellos un ayatollah iraní), las acciones de los hombres de fé del caso Hirsi Ali (entre ellos el homicidio del cineasta Theo Van Gogh), los homicidios en la sede de la revista Charlie Hebdo y la brutalidad del homicida de Samuel Paty sugieren que hay por lo menos una facción del Islam que cree que dibujar imágenes del profeta del Islam es un insulto y una blasfemia de tal magnitud que merece la pena de muerte.

Hay una cierta narrativa según la cual esta facción extrema del Islam no es realmente un producto de los dogmas de fé, sino una suerte de reacción a la discriminación religiosa contra los musulmanes en Europa occidental y/o una consecuencia de la injerencia Americana en los asuntos del medio oriente. Que el Islam no promueve la violencia, dicen algunos expertos como Reza Aslan (aunque este último probablemente no se suscribe totalmente a la narrativa en comento). Y hay algo de verdad en todas estas visiones del problema. Francia, por ejemplo, es frecuentemente acusada de promover una cultura de asimilación en la que los inmigrantes deben renunciar a las costumbres y tradiciones de sus ancentros que dan forma y completitud a su identidad. Este comentario del comediante surafricano Trevor Noah ofrece un ejemplo de esta visión crítica a la cultura “de asimiliación” de los franceses:

 

 

Es cierto además que el secularismo ha sido apropiado por los partidos de extrema derecha como una forma de política identitaria que raya en la ridiculez: Ser Francés implica comer cerdo. Hay reportes creíbles, por ejemplo, de que algunos jóvenes musulmanes corren el riesgo del hambre en las escuelas francesas, porque algunas han decidido que no hay espacio en el menú para la comida halal.

Pero insisto: El caso Paty parece diferente desde la óptica del Islam. Dado que las sentencias de muerte y los homicidios en comento fueron aprobados (en algunos casos ordenados) por clérigos prestigiosos o por hombres de fé que se encomendaron a los cielos (Allahu Akbar!) es implausible negar que hay por lo menos una interpretación frecuente de la ley islámica que compele a sus fieles a castigar con la muerte a quienes se atreven a hacer representaciones visuales del profeta. 

Vale decir además que esta interpretación frecuente coexiste con un coro de oportunistas muy dispuestos a usar los dogmas y sensibilidades del Islam como una herramienta política. Recep Tayyip Erdogan, el autoritario que se ha tomado el poder en Turquía, es una de las encarnaciones más recientes de esta estirpe de oportunistas. En respuesta al discurso de Emmanuel Macron en el que se reitera el compromiso Francés con el secularismo y contra el islamismo radical, Erdogan decidió atizar el fuego de la guerra de civilizaciones proponiendo un boycott de productos franceses, sin expresar una sola palabra de empatía por la suerte de Samuel Paty. 

 

School-Goers

 

Pero esta nueva franquicia de fascistas del siglo 21 sería un buen tema para otro texto. La pregunta que tenemos que hacernos, supongo, es esta: ¿En vista de la controversia y las malquerencias, por qué insistir en estas caricaturas que causan tanta división? Después de todo, los estados de derecho modernos ya han adoptado algunos límites a la libertad de expresión. En Colombia, por ejemplo, uno no podría apelar a la libertad de expresión para endilgarle delitos a un vecino,  a sabiendas de que no los ha cometido, sin incurrir en el delito de calumnia. Alemania, por su parte, ha adoptado algunas leyes que penalizan ciertas formas de expresión, como los saludos y símbolos nazis, considerados apologías a los crímenes de lesa humanidad cometidos por el tercer reich. Otros países han adoptado leyes que castigan los “discursos de odio”. Entonces por qué no ampliar esa lista de excepciones a la libertad de expresión para acomodar las sensibilidades de nuestros hermanos y hermanas musulmanas.  

 ¿Cómo funcionaría en la práctica una prohibición de este tipo? Nadie en su sano juicio (incluídos los y las musulmánas de buena fé) propondría que modificáramos los códigos penales del planeta para incluir un articulito que imponga la pena de muerte a quienes se atrevan a hacer representaciones visuales del profeta. Esa es una idea extrema. ¿Pero qué tal un nuevo tipo penal, llamémoslo “ofensa al profeta”, que implique sanciones menos drásticas? ¿Qué tal si no metemos a los caricaturistas a la cárcel ni les quitamos la vida, sino que nos limitamos a imponerles multas?

 Son preguntas tentadoras. Y hay que reconocerlo: Limitar la libertad de expresión de esta forma probablemente nos evitaría muchas malquerencias y un par tragedias al año.

La otra pregunta es: ¿Y por qué mejor no pedirle a los hombres-santos un poco de compasión? Tenemos que aceptarlo: Las caricaturas de Charlie Hebdo son grotescas y de muy mal gusto. Habría que admitir que algunas de ellas están diseñadas para ofender. Pero a nadie se le decapita por obrar en ejercicio de su mal gusto. (Cristiano Ronaldo todavía está de una pieza). 

Lo cierto es que el Derecho a la libertad de expresión cobra sentido precisamente en la medida en que protege la expresión de discursos impopulares y contra mayoritarios. Su nucleo esencial, su raison d´etre, es precisamente la protección de aquellos discursos que a algunos se le antojan desagradables, de aquellas expresiones que tienen un gran potencial para ofender. Los otros tipos de discurso no necesitan tanta protección. 

La otra dimensión de este importante derecho involucra el derecho que tienen las audiencias a escuchar. A recibir la historia completa, sin ediciones. Me atrevería a decir que nuestra especie está muy mal equipada para navegar los tiempos de post-verdad en los que vivimos precisamente porque las cosas que sabemos (que la tierra es redonda, que los seres humanos compartimos antepasados con los simios) las sabemos a fuerza de consenso, que es casi lo mismo que no saber nada. De manera que cada vez que un autor de teorías de la conspiración nos dice que nunca fuimos a la luna, no tenemos las herramientas para participar en la discusión. La libertad de expresión como libertad para expresar disenso es casi un antídoto para la post-verdad porque nos obliga a mantenernos en contacto con las razones por las cuales sabemos lo que sabemos. 

El caso que nos ocupa involucra, además, a la segunda religión más grande del planeta. Una religión que (como decía el gran Cristopher Hitchens) hace muchas afirmaciones sobre sí misma, incluyendo la idea de que su dogma es la “revelación final¨, otorgada al profeta directamente desde los cielos como la palabra inalterable de dios. 

Y es cierto que algunos y algunas abordan sus diferencias con el Islam de la misma forma en la que los hinchas del Real Madrid conciben su relación con los hinchas del Barcelona. Es cierto que muchas de las quejas que se oyen en las calles Europeas sobre el Islam son en realidad el sonido de los silbatos para perro del racismo. Pero este asunto tan importante no puede reducirse a las guerras de civilización de los neo-fascistas ni al racismo de siempre. Hay otros y otras de buena fé que participan en esta discusión para defender valores importantes, reivindicados con mucho esfuerzo: La separación entre la religión y el estado, el secularismo, por ejemplo. El derecho a no creer en dogmas, en profetas o en revelaciones. 

Así las cosas, podríamos sugerir (como lo afirma Kenan Malik en esta columna) que el derecho a ofender también es importante para los musulmanes y musulmanas que luchan todos los días contra las ideas e instituciones más reaccionarias de su religión. Para aquellas que buscan algún tipo de cambio o progreso que el consenso desaprueba.
 

No es buena idea acceder a esta nueva limitación de la libertad de expresión precisamente porque no es buena idea darle licencias a nadie para sentirse ofendido. Prohibir la simbología nazi es bien-intencionado, por ejemplo, pero corre el riesgo de darle legitimidad a las teorías revisionistas neo-nazis, que una vez sacadas a la luz del día no resisten un vistazo. 

En las sociedades tan diversas en las que vivimos, mucho de lo que decimos corre el riesgo de ofender a otros. En vez de legitimar el extraño derecho a sentirse ofendido que usualmente reivindican los tiranos y los poderosos, deberíamos recordar que estas tragedias, incluyendo la tragedia de Samuel Paty, no estaban predestinadas. Que su ocurrencia estuvo mediada por la voluntad de crueles victimarios. Que si hay algún extraño derecho a reclamar es quizá el derecho a ser ofendido, a ver ofendidas nuestras más íntimas convicciones, por lo menos de vez en cuando. 

 

Aviso Importante: Las opiniones expresadas en este artículo son estrictamente personales y no reflejan las posiciones de mis empleadores o de terceras personas. 


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