jueves, agosto 28, 2008

El Racismo se Mueve al ritmo de Tu Trasero

-Baila Morena, Baila Morena, perreo' pa' los nenes,
perreo' pa' las nenas-

Accidentalmente Irónico estribillo de una triste y pegajosa canción que escucha la gente rumbera.


Get On the Floor


Puedo imaginarme mil y un otras razones diferentes para no asistir nunca a sitios como Gavanna y Gnoveva. Basta con hacer un esfuerzo mental y evocar este tipo de escenas: Uno llega a la entrada del lugar (después de perder cierto tiempo frente al guardarropa buscando algo que se vea elegante, casual y en lo absoluto conspicuo) y se enfrenta cara a cara contra un gorila de tres por tres (tres metros de largo y tres metros de ancho) que mira de arriba-abajo como haciendo un exámen rápido a lo que uno trae puesto. Es un tipo mal pagado, de toscas maneras y cerebro de palo, pero de su fulminante veredicto sobre la ropa y el aspecto físico del -rumbero-, depende que este logre acceder a esos templos de la rumba Bogotana en los que el tropipop, la adolescencia y la estupidez mandan la parada.

¿Qué sabe uno de estos tipos sobre moda o buen gusto?
No es un secreto para nadie que la estrategia precisa es vestirse de forma tal que no puedan sacar ninguna conclusión, que al ver tu ropa no puedan pensar cosas como: "Parece peligroso", "Va a beber aguardiente barato" o "Es un universitario jodido".

Aunque hay escenarios más difíciles: alguna vez me topé con un yuppie arrogante que despachaba a la gente en un dos-por-tres, como haciendo uso de unas agudas destrezas que solo he visto en perfiladores criminales. Una mirada y !Bum! Sabía tu estrato, que tipo de licor beberías, si eras amigo del dueño, si te acostaste con su mujer, etc.

Toda esta lógica es tan triste que me sorprendo a veces cuando, escudriñando en mi propia cabeza, me encuentro con esa extraña sensación que me indica algo así como: "Soy un tipo afortunado: Un metro sesenta y pico, facciones de indio, nariz de negro, sonrisa obtusa !y aún así nunca he sido rechazado en ninguna discoteca!".

!Oh Fortuna!

Después de que uno se somete a aquella humillante inspección, hace entrada triunfal a un lugar oscuro y ambientado por música de Bonka, de Daddy Yankee y de toda esa estirpe de musiquitos. Y juro que he visto más pasión y más genuino desenfreno en algunos velorios y entierros que en la mayoría de esos lugares. Siempre he creído que el olor a adolescente ávido de emociones fuertes mezclado con el de adulto buscón no son una buena receta. El negocio, por supuesto, es infalible: Uno prácticamente les ruega para que le permitan entrar a gastarse su dinero en ese licor que ofrecen a precios ridículos que rebasan la capacidad de pago del Yuppie promedio. !La gente, en efecto, te pide permiso para entrar a comprarte cosas que vendes al precio que te da la gana! ¿Como no se me ocurrió a mi?

Pero comprendo perfectamente a los amantes de la vida nocturna: Todos nos hemos sentido cool un viernes por la tarde, nos hemos puesto la ropa correcta y hemos tratado de no perder ese  ser cool con la inspección del bouncer; todos nos hemos sentido más apropiados cuando miramos hacia atrás y vemos a un montón de muertos-de-hambre que fueron descartados, que no sirven para material de fiesta.
Es perfectamente comprensible. Pero resulta que algunos cerebros más aguzados decidieron preguntarse un día cuales eran los criterios que usaban los bouncers y los -empresarios de la rumba- para decidir quienes entraban y quienes tenían que mantenerse al margen de sus establecimientos. La revista SOHO ya había denunciado alguna vez que uno de los criterios de exclusión se basaba en el color de la piel de quien hacía la fila y lo había descubierto enviando a dos grupos de afrocolombianos (unos vestían ropa formal y otros estaban vestidos con ropa deportiva) que fueron rechazados en las discotecas con explicaciones sospechosamente similares:
-"Hay una fiesta privada ¿Estan en la lista?"
- lo sentimos pero hay un evento privado en curso.

Minutos después, una persona de raza blanca, también enviada por SOHO, era recibida y bienvenida sin peros ni chequeos en listas de invitados.
En aquella ocasión, la revista SOHO hizo públicos los nombres de los establecimientos con inclinaciones racistas y aunque mucha gente supo de esas odiosas prácticas, nada extraño pasó y los universitarios parranderos y los junkies de la rumba hicieron caso omiso de la denuncia. Todo permaneció igual hasta que un grupo de estudiantes de la Universidad de los Andes, liderados por el profesor Cesar Rodríguez Garavito, se preguntó qué tan aceptables eran esas prácticas de exclusión en el modelo de Estado Social de Derecho que plantea nuestra Constitución Política.

Era un experimento sociológico interesantísimo: Un grupo de Afrocolombianos, vestidos con los atuendos que los jóvenes suelen usar para acudir a los clubes nocturnos,  intentarían acceder a Gnoveva y Gavanna, entre otros sitios, para averiguar si los "bouncers" llevan a cabo prácticas de discriminación racial o si por el contrario, se atienen a lo expresado en algunas entrevistas previas, en las que negaban la existencia de un criterio de exclusión basado en consideraciones de raza. El resultado del experimento, a mi juicio, no es nada sorpresivo: más fiestas privadas inexistentes, "covers" inexplicablemente más onerosos de lo normal, negativas y más negativas; mientras que a los estudiantes de raza blanca que hacían parte del experimento, les abrían las puertas sin muchos remilgos.
Ante las preguntas inquisidoras de los jóvenes negros, los bouncers respondían con palabras despectivas y en Gnoveva se atrevieron a cobrarles un -cover- de treinta mil pesos , mientras que los visitantes de raza blanca (incluidos los estudiantes vinculados al proyecto) ingresaban sin pago alguno. La gente que salía del club nocturno, por su parte, se sorprendía cuando el grupo de Afrocolombianos les preguntaba cuanto dinero pagaron para entrar al sitio. La respuesta generalizada era fría y contudente: Hoy no están cobrando cover.

Cuentan algunos cronistas efectistas que los jóvenes negros se sintieron terriblemente humillados, que la sensación de rechazo era desconsoladora, que se sentían excluidos y que aquella situación resultaba mucho más dolorosa porque las negativas se produjeron en plena calle, a la vista del público y evidentemente por razones de raza. Así las cosas, el Observatorio de Discriminación Racial de la Universidad de Los Andes decidió ventilar el asunto en los estrados judiciales mediante una acción de tutela impetrada en un líbelo lleno de detalles (aveces exageradamente detallado) en el que se explica el experimento realizado por los estudiantes, se justifica debidamente la procedencia de la acción de tutela y se peticiona (además de que se ponga fin a las prácticas discriminatorias y de que se produzca una disculpa pública a los afectados) algo novedoso: Que se replanteen en cierta medida las reglas sobre estándares probatorios, como se hizo alguna vez en Estados Unidos, para que los jueces puedan fallar con menos trabas formales y haciendo uso de presunciones y de criterios sospechosos, los casos en los que se evidencien discriminaciones ostensibles y claramente reprobables.

Algunos de los derechos fundamentales vulnerados con la aplicación de los criterios de exclusión en comento son, según los accionantes: la igualdad, la dignidad y el libre desarrollo de la personalidad. Y en este punto me parece pertinente hacer una pausa para pensar en qué medida influye en el desarrollo de la personalidad de un individuo el hecho de que se le impida entrar a una discoteca o a un club nocturno. Creo firmemente que los Derechos a la igualdad y a la dignidad del grupo de Afrocolombianos fueron seriamente comprometidos, pero me parece particularmente sensiblera y superficial la idea de que alguien considere truncado el libre desarrollo de su personalidad al verse inadmitido en un sitio como Gavanna o Gnoveva. ¿Qué elementos propios de la personalidad de un individuo se proyectan o se construyen en ese tipo de sitios? Supongo que el montón de cabezas huecas que conforman esta generación de jovencitos rumberitos y supercool me respondería que muchos, pero me parece que es una pregunta que debe responderse cuidadosamente.

Volviendo al tema que nos ocupa, es importante señalar que además de la gran elaboración que logran algunos de los argumentos contenidos en la demanda, de su indudable rigurosidad académica y del cuidado metodológico y técnico que denotan cada uno de sus acápites, dicha iniciativa es particularmente importante porque se atreve a denunciar a viva voz las maneras en que se manifiestan en Colombia las nuevas formas de discriminación racial propias de estos tiempos: Cada vez más sutiles, cada vez más difíciles de detectar, cada vez más aceptadas tácitamente por las masas. La tutela no es importante porque logre un triunfo en estrados judiciales contra dos sitios nocturnos que en algunos años ya no estarán, sino porque logra ejemplificar el discurso típico del racismo en Colombia, porque nos da ejemplos claros y palpables de las falacias con las que se construye la argumentación que sustenta la discriminación racial, porque nos alerta sobre la sorprendente facilidad con la que podemos caer en la trampa del racismo y nos enseña que éste empieza en nuestro fuero interno, en los recovecos de nuestra cabeza.

En efecto, alguna parte de la sentencia podría consultarse como un catálogo de afirmaciones y conductas  racistas; podríamos acudir a él para darnos cuenta de aquellos momentos en los que sobrepasamos el límite que separa una idea aparentemente inofensiva de una idea peligrosamente discriminatoria.

Bastaría con cuestionarnos a la luz de sandeces como estas (transcritas del escrito de la tutela):


"Por: Damned 


“Bah.. entonces pobres negros?? que acaso no tienen las mismas capacidades de un 

blanco, mestizo, moreno, rubio?? cual es el cuento?? dia de los afro, politicas 

especiales para los afro...” 



Por: antoniorojo2008 



“Ahora que la comunidad afroe (sic) esta en su semana de reconocimiento,deberian 

hacer una campaña interna entre su gente para que por favor en vez de estar siempre a 

la defensiva tratando de justificar su comportamiento y actitudes en esta ciudad mas 

bien deberian trabajar para que su comunidad aprenda a convivir con la mayoria de 
las personas que habitan en bogota..en esta ciudad la mayoria de la gente trabaja muy 
duro y estudia mucho para superarse dia a dia y la counidad negra por supuesto no es 
la excepcion .el pero es que muchos afros no quieren aceptar las normas ciudadanas de 
la comunidad en donde viven y este es el problema de los reclamos.em la unidad 
residencial en donde vivo por supuesto hay comunidad afro viviendo alli.la mayoria de 
los reclamos de los demas habitantes de la unidad son por ruidos,exceso de 
tragos,problemas con basuras etc y la casualidad es que en el 95% vde los casos esta la 
comunidad afro involucrada mentos”. 



Por: leyarak 



“Tengo amigos negros a los que les gusta el buen rock, aunque algunos no lo crean. sin 

embargo, en cuanto a esta nota debo decir que ellos mismos son racistas, cuando un 

blanco quiere entrar a uno de sus bares, donde escuchan champeta y vallenato, y si 

dejan entrar a un blanco es para que lo rechacen. además lo cierto es que por unos 
pagan todos... son escandalosos, peliones y demás. se salvará solo un 10% . de resto 
son iguales”. 



Por:viper666 



“todos sabemos que nadie es mas racista que los mismos negros, ellos discriminan a 

los que son diferentes a ellos y se muestran como las victimas, o quienes son los únicos 

que tienen asociaciones y todo tipo de agrupaciones en "defensa" de sus vulnerados 

derechos, también debemos ver otra cosa, lo único que saben hacer los negros es 
vender mangos o ser abogados, nada mas los primeros porque no hacen nada, y los 
segundos porque se la pasan lagarteando puestos políticos en cuanta campaña y 
entidad publica hay. ponganse mas bien a trabajar y dejen las idioteces, por ultimo 
debo acotar una cosa, "cuando han visto que un negro se gane un premio nobel", no es 
por racismo, es por falta de ponerse a trabajar y en lugar de hacerse la victima se 
dedique a hacer cosas productivas”. "


Y basten esas perlas como ejemplo. Solo agregaré que la tutela también es importante porque desenmascara a los que se lucran vendiendo -fiesta- y rumba para la gente "cool" de esta ciudad, para la gente "bien" de Bogotá. Porque denuncia que los filtros en las discotecas obedecen en parte a una idea que se haga el -bouncer- sobre los posibles "activos que posee la persona de la fila" (véase la sentencia) y en parte a prejuicios raciales propios de las mentes más retardatarias y superficiales que alguien pueda imaginar.

Es particularmente preocupante, produce cierto asco, el hecho de que uno de los accionistas de los clubes nocturnos condenados se atreva a afirmar lo siguiente con el fin de justificar o defender su conducta:

“A mi lo que no me parece y no me gusta de la situación es que por qué
no hay denuncias de los blancos que devolvemos. Esos sí son hartos. Nosotros
por que devolvemos una vez en un año a cuatro negros por que no nos gustaron
las viejas es una denuncia y… noticia por que es racismo. Y por qué no hay
racismo y clasismo cuando devolvemos… párate en la puesta y verás que
devolvemos a 50 – 60 personas blancas todas las noches”.

!Devuelven a más gente blanca Carajo! Es que no todos parecen tener los activos que se requieren para entrar a Gnoveva o a Gavanna.

Y ahora todo se hace más claro, es que otro criterio de exclusión es que no les gusten "las viejas".

¿Y qué hay que hacer para que "una vieja" les guste?

Es preciso empezar a cuestionar la tolerancia multicultural de nuestra vida nocturna.  Si uno va a un sitio a pasarla "bien", con gente "bien", esperaría por lo menos que en dicho sitio no se toleren conductas que reprueba, que le impedirían pasar un rato agradable. Los prejuicios, el racismo y la exclusión (por ejemplo) no son cosas divertidas; el racismo no es Chic y no es propio de la gente "bien" rechazar a alguien basándose únicamente en un vistazo superficial a su aspecto físico. Parece, además, que el racismo en Colombia es algo frecuente en nuestra gente -bién- y eso es peligroso en una sociedad que raramente cuestiona los valores de esa gente tan honorable e impoluta.

 La iniciativa de La Universidad de Los Andes, mi universidad, es un paso hacia adelante porque, repito, es una gran DENUNCIA con nombres propios que nos sugiere, si lo pensamos detenidamente, que el racismo está allí latente, de que lo apoyamos cada vez que meneamos el trasero en Gnoveva y Gavanna. La tutela instaurada por el ODR, examinada con cuidado, nos delata a todos: Nos hace caer en cuenta de que en el fondo somos nosotros los que legitimamos aquellos odiosos métodos de descarte al ponernos en la fila, bajo el escrutinio de esa estirpe de bobos gigantescos.




El autor de esta nota agrega que otra razón para evitar los -rumbeaderos- "de moda" es que el -rumbero- bogotano promedio tiene cara de idiota. Este es, sin embargo, otro prejuicio contra el que hay que revelarse.

miércoles, agosto 20, 2008

Asfixia

"--Hago esto, esto, porque es agradable-- dice, y se abotona la blusa--. A lo mejor no sé por qué lo hago en realidad. En cierta forma, es la razón de que ejecuten a los asesinos. Porque una vez que has cruzado ciertas líneas, nunca dejas de cruzarlas."
Chuck Palahniuk




La historia parece descabellada: Victor Mancini abandona la facultad de medicina y decide ganarse la vida y el dinero para pagar los tratamientos médicos de su madre entrando a restaurantes para fingir que se asfixia con la comida, contando con que en los restaurantes siempre hay alguien que está dispuesto a "salvarlo". Después de la maniobra de Heimlich, vienen las cartas y el dinero.
Así explica el propio Victor su Modus Operandi:

"Si alguien te salva la vida te va a querer siempre. Es como si te convirtieras en su hijo. Durante el resto de su vida esa persona me escribirá. Me enviará tarjetas en los aniversarios. Felicitaciones de cumpleaños. Es deprimente ver a cuanta gente se le ocurre la misma idea. Te llaman por teléfono. Para saber si estás bien. Para ver si tal vez necesitas que te animen. O si te hace falta dinero."

-Descabellada- no es la palabra adecuada pero es la primera palabra que viene a la mente.

Algunos personajes, sin embargo, son memorables. La vieja Ida y su extraña forma de pelear contra el sistema, el mocoso Victor que no tiene infancia por culpa de su madre y por el que solo podemos sentir una extraña combinación entre ternura y lastima, el tierno perdedor que parece no cumplir las condiciones que se exigen para vivir en este mundo.
Ese último personaje, Denny, se me antoja fascinante. Es como un Spud (Véase: Trainspotting de Irvine Welsh) reinventado: Esta vez su droga preferida es la masturbación. Y digo que es fascinante precisamente porque aunque lo creemos incapaz, torpe e inadaptado; linea tras linea, nos va demostrando que no es tan estúpido, que somos unos prejuiciados, que hay una serena e inexpugnable sabiduría en su interior que nos trasciende a todos (incluso a él), que su interior está hecho de un material suave y a la vez irrompible.

El talento para contar historias de Palahniuk se hace evidente en esta novela corta y si uno se fija con cuidado, nota en ciertos apartes de asfixia un cierto tufillo de crónica. Palahniuk vuelve a adentrarnos en ese extraño mundo de los grupos de ayuda y además (Uno quiere creerle) trata de regalarnos un vistazo a la mente de los adictos, de los Junkies, de los que se rasgan los bolsillos de los pantalones para poder masturbarse en público y pasar desapercibidos.
Esta novela es un Trainspotting hecho a la medida del americano promedio y acá el Hobbie estúpido no consiste en divisar trenes y la forma de escapar del mundo y de sus trampas no viene inyectada vía intravenosa sino a través de una buena inyección de carne, a través de un pajazo, a través de un polvo furtivo en el closet de algún edificio público.
Escuchamos atentamente la voz de Palahniuk porque sabemos que nos habla sobre desgracias verdaderas, sobre desgracias posibles, sobre la juventud que se descarta y se pierde. Y aunque pensemos que la historia de Asfixia es descabellada y aunque realmente lo sea, sabemos que esta es una de esas novelas que toma la realidad y le da una o dos vueltas de tuerca para enseñarnos, con éxito, algunas cosas sobre la forma en que funciona este mundo; para reafirmar en nuestras mentes la convicción de que la realidad, una vez cruzadas ciertas líneas, una vez llevada a los extremos, puede tornarse mucho más extraña que la ficción.


miércoles, agosto 13, 2008

Murallas Mentales

Para una amiga que dice que está triste


Dreaming of Pirates and Corsaires


"Los cambios más profundos son aquellos en que todo permanece igual. Todos los inviernos se parecen al peor invierno y ningún paisaje se compara a los remotos paisajes de la infancia. Si hay una razón para otros amores es recordarnos que no son el único". Efraim Medina Reyes

Casi todo el que ha estado en este lugar logra, por lo menos, un atisbo de la magia que esconden estas murallas. Las historias de piratas, bucaneros y corsarios se les notan en la cara a los niños o salen a borbotones de los callejones, contadas en el Inglés que enseñan el hambre y el sol.

 Pero hay otras historias que no se saben, que nadie cuenta. Caminando cerca a la torre del reloj, entre el calor aplastante de las doce del día, recordé lo tristes que son esas memorias. También se me vienen a la cabeza dos o tres caminatas en estas murallas, de la mano de dos o tres ilusiones que se han ido. ¿Quien no lo ha hecho? ¿Quien no ha mandado al cielo votos de amor con la brisa cartagenera en las narices? Es la gracia de esta ciudad y de esta luna, de este mar de siempre. Es a lo que uno viene.

Pero las promesas son terribles cuando alguien no las cumple. Cuando la vida te obliga a devolverte sobre tus propios pasos para discernir dolorosamente cuales fueron en falso. Con el tiempo uno aprende que no hubo pasos en falso sino terrenos difíciles, arena inestable, que la culpa es compartida. He estado allí. Este montón de piedra junto al mar me hace recordarlo.

 Puedo imaginar los arañazos en tu corazón y la tristeza de tus mañanas. Mientras camino, el sol broncea a los bañistas y frita el alma de quienes intentan ganarse el pan en este enclave de historia. Atravieso una plaza pensando en tu sonrisa de hace unas cuantas noches y trato de imaginar la dimensión de tu dolor, pero se me ocurre una digresión: El sol y los vendedores ambulantes se aman y se odian, sin sus fuertes rayos amarillentos las calles estarían desiertas. No habría a quien venderle chucherías o bronceadores, y estas calles no serían sino las de un pueblo más, caliente y lleno de balcones.

No es difícil encontrar una salida a estas murallas de piedra, es cuestión de caminar en la dirección correcta. Las que me asustan son otras murallas, forjadas de ansias y miedo, de nostalgia e ilusiones, de mentiras. Son murallas mentales las más peligrosas, las que uno construye para encerrarse a sí mismo. Son más fuertes, traicioneras y peligrosas. Pero éstas, como aquellas, solo son obstáculos para piratas, bucaneros y corsarios de fantasía, no confunden ni atrapan las almas, si uno decide caminar en la dirección correcta. Si uno camina en la dirección correcta.