sábado, noviembre 10, 2007

Sobre El Olvido Que Seremos

"(...) Para sentir el único consuelo que se siente en la tristeza, que es el de hundirse más en la tristeza, hasta ya no poderla soportar."
Hector Abad Faciolince



No hay duda de que "El Olvido Que Seremos" es una novela hermosa a fuerza de nostalgia. Abad Faciolince logra contar la historia de su padre y entretenernos y conmovernos sin ser descaradamente hagiográfico o empalagosamente sensiblero. Ésta es, en contra de cualquier pronóstico, una novela sincera; o por lo menos, más sincera que lo que se esperaría de una novela en la que un hijo evoca a su padre muerto.
Abad no intenta engañarnos forjando con las memorias de su padre la leyenda de un superhombre: "Confundía a Hegel con Engels", no intenta otorgarle calidades de mártir o convencernos de que no ha existido un hombre más sabio, más prudente o suspicaz que el Dr. Abad Gómez.

Es claro, por otra parte, que la novela no se limita a hacer un recuento de episodios jocosos o dolorosos de la familia Abad; el autor hace uso de sus recuerdos para contarnos también una historia sobre un país jodido históricamente por la iglesia y por una élite mafiosa incapaz de ganar una discusión sin esgrimir el cruel argumento que viene incrustado en el plomo de las balas.
Esa honestidad con la que el autor evoca las memorias de su padre permite (por lo menos a mi) creer en la visión que propone sobre aquella Colombia intolerante, beata y estúpida, sobre aquella Colombia que veía peligrosos comunistas hasta en la sopa. Uno de los grandes méritos de la novela es, precisamente, que denuncia con pelos y señales los vicios recurrentes de este país, la fría y calculadora crueldad con la que obraba (obra) nuestra extrema derecha. Y todo se cuenta de forma tan desgarradora y pesimista que al final, cuando uno acaba de leer el olvido que seremos, hay un nuevo interrogante en nuestras cabezas: ¿Todo esto ha cambiado significativamente o, en el fondo, todavía nos seguimos pareciendo a esa sociedad mezquina que denuncia la novela?

Creo que el ritmo de la prosa de Abad Faciolince es lento en ocasiones (tal vez por el abuso de las clausulas subordinadas) pero insisto: El olvido que seremos merece ser leída porque es una novela honesta. Tan honesta que casi me estremezco al recordar la referencia a "La Muerte en Venecia", la película de Luchino Visconti inspirada en parte por la novela homónima del gran Thomas Mann y en parte (según los expertos) por la vida de Gustav Mahler. A propósito de ese filme, Abad Faciolince nos cuenta que su padre lo llevó en múltiples ocasiones al cine a ver aquella película en la que un adulto mayor acecha tiernamente a un hermoso chiquillo, como entregándose por primera vez en su vida a los dictados de su fibra más íntima. El protagonista, tanto en el libro como en el ladrillo cinematográfico de Visconti, termina sucumbiendo voluntariamente a una terrible epidemia, convertido en un viejo lechuguino que prefiere morir a abandonar la inquietante presencia de un pálido y hermoso infante que responde al nombre de Tadzio.

El autor de "El olvido que seremos" nos explica que "todos tenemos en nuestras vidas algunas zonas de sombra (...) que pueden estar a la sombra porque de verdad, e independientemente de cualquier tiempo o cultura, son hechos reprobables, detestables, que la moral humana de cualquiera no podría aceptar". Y al final de ese capítulo, justo después de haberme leído la página 228, yo creí haber encontrado la que podría ser la confidencia más sincera, impúdica e incómoda que un hijo puede hacer al mundo sobre su padre: Tal vez una confidencia sobre sus preferencias sexuales.
Aún después de unas cuantas semanas de leerme el olvido que seremos me sigue embargando una pregunta: ¿Qué secreto encontró Abad Faciolince en las gavetas de su padre muerto? ¿Cual era esa zona de sombra?.
Solo el narrador de la novela podría responder ese interrogante, pero aveces, en mi propia zona de sombra, me imagino al Doctor Abad Gómez ataviado con un hermoso traje (como el Von Aschenbach de Mann) o con la cara embadurnada de una ridícula pócima blanca que lo hace ver algo más joven e inconmensurablemente ridículo (cómo el Aschenbach de Visconti).

3 comentarios:

  1. Me gusta la columna. Sin embargo difiero en tu apreciación de que el estilo de Abad de debil y su prosa lenta.No me parece en absoluto que Abad tenga un estilo debil, y una prosa lenta es algo negativo de por si..?

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  2. En verdad se dice que el estilo es algo que no es susceptible de crítica o valoración alguna, nadie debería calificar un estilo, de manera que en realidad eso que escribo no puede ser considerado una crítica seria. Lo que pretendo decir es que sus rasgos de estilo no saltan a la vista tan claramente, que oigo la voz de Abad en el contenido de lo que dice pero no tanto en cómo lo dice.

    Y lo de la lentitud también te lo doy, esas son vainas de gustos.

    Un saludo,
    Javier

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  3. Es una obra ricamente escrita, un uso del lenguaje que hace de ella una obra literaria a destacar. En la forma de la misma resulta sobresaliente.
    El contenido es el que adolece de un montón de contradicciones, que hace de la misma un discurso demagógico. Está escrita por él hijo con voluntad de denuncia y de rendir honores a la memoria de su padre. Es interesante porque describe la relación amorosa tanto física como emocional e intelectual que vivió con su padre, el gran grado de dependencia afectiva, que dará lugar a la falta de madurez e inseguridades que ese hijo ha ido arrastrando.
    Un momento de interés es la descripción de emociones, sentires y discursos lógicos ante la enfermedad y muerte de la hermana. Toda la obra pone de manifiesto una depreciación de los sentimientos religiosos y por la Iglesia, la religión como el opio del pueblo. Es curioso ese concepto inculcado por su padre, cuando su existencia es el resultado directo del ejercicio en positivo de la misma Iglesia: Su madre fue acogida por un tío Arzobispo quien la proporcionó los estudios de los que se pudo beneficiar para crear su propia empresa como complemento al sueldo insuficiente del padre. Entre los hermanos del padre había alguno que era incluso sacerdote del Opus Dei de quien reconoce que en algún momento se portó muy bien con ellos. A sus hijos les dejó al cuidado de una monja que vino a su casa a atenderlos de forma generosa para que su mujer pudiera dedicarse a su empresa, a él le dan estudios en centros religiosos…..
    El tema adolece de contradicciones, de un discurso demagógico

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